Durante siglos los mapas fueron documentos impresos que plasmaban una determinada visión del territorio conocido. Hoy, en cambio, millones de personas consultan mapas digitales administrados por un pequeño grupo de empresas tecnológicas. Esos mapas ya no solo representan el territorio: organizan recorridos, jerarquizan lugares, invisibilizan otros y, en ocasiones, muestran el mundo de maneras que no necesariamente coinciden con las posiciones oficiales de los Estados.
Los mapas no solo describen el territorio. También contribuyen a construir la manera en que lo entendemos y recorremos. Cuando una plataforma digital decide qué nombre mostrar, dónde ubicar un límite, qué caminos priorizar o qué lugares destacar, está produciendo una determinada lectura del espacio.

Esta capacidad de influir sobre la manera en que millones de personas imaginan y comprenden un territorio puede entenderse como una nueva forma de poder blando (soft power): no se ejerce mediante la fuerza, sino a través de la información, la tecnología y la naturalización de determinadas representaciones espaciales.
Una cartografía digital del mundo
Usar un mapa de papel para encontrar una dirección parece algo lejano. En su lugar, abrimos una aplicación en el teléfono sin detenernos a pensar quién produjo esa representación del territorio. Detrás de ese gesto cotidiano existe un reducido grupo de empresas y comunidades que construyen gran parte de la cartografía digital del mundo. Google Maps y Apple Maps son probablemente las más conocidas, pero también existen plataformas como HERE Technologies —utilizada por numerosas automotrices y empresas logísticas—, TOMTOM, OpenStreetMap (un proyecto colaborativo de alcance global), Baidu Maps y Petal Maps desde China o Yandex Maps.
Aunque cada una responde a modelos de negocio, marcos regulatorios y prioridades diferentes, todas comparten una característica: millones de personas utilizan diariamente su información geográfica que producen para orientarse, tomar decisiones en su día a día y comprender el territorio que las rodea. Frente al creciente protagonismo de las plataformas cartográficas privadas, los Estados también desarrollan sus propias infraestructuras de información geoespacial.
En Argentina, el Instituto Geográfico Nacional (IGN) no solo tiene la responsabilidad de elaborar y actualizar la cartografía oficial del país, sino también de garantizar que la información territorial producida por el Estado sea
confiable, interoperable y de libre acceso y descarga. En un contexto donde los mapas digitales condicionan la forma en que comprendemos y utilizamos el territorio que nos rodea, disponer de fuentes oficiales constituye un componente esencial para la soberanía.
Argenmap
Un ejemplo de ello es Argenmap, el servidor oficial de mapas web desarrollado por el IGN. Esta plataforma permite visualizar información geoespacial mediante estándares abiertos, facilitando su integración en aplicaciones y portales web. A diferencia de otras plataformas comerciales, Argenmap se sustenta en información oficial producida por el Estado argentino y garantiza la representación del territorio conforme a la cartografía oficial vigente.
La relevancia de esta herramienta quedó plasmada en la Decisión Administrativa N.º 797/2022, que estableció la utilización obligatoria de Argenmap en los portales y aplicaciones de la Administración Pública Nacional. Esta medida representa una política pública orientada a fortalecer la autonomía del Estado en la producción y difusión de información geoespacial, reducir la dependencia de servicios privados para la representación del territorio y asegurar que los organismos públicos comuniquen una visión territorial consistente con la normativa nacional.

Quizás deberíamos pensar que la efectiva soberanía ya no se defiende únicamente patrullando las fronteras físicas, sino que además hay que asegurar que no nos condicionen la representación de nuestro territorio desde otras partes de este mundo con tantos intereses en juego.





