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De la extranjerización de la tierra a la ecoteta

Hace unos días se discutió en el Senado la flexibilización de las restricciones a la propiedad extranjera de tierras rurales. La discusión giraba alrededor del proyecto de Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, que incluía una reforma al régimen de tierras rurales y flexibilizaba las restricciones a la propiedad extranjera que establece, entre otras cosas, un límite del 15% para la titularidad extranjera de tierras rurales y restricciones específicas sobre determinadas zonas y cuerpos de agua. El 5 de agosto de 2026 el Gobierno retiró del proyecto el capítulo referido a la extranjerización de tierras, ante la falta de apoyo político suficiente. No obstante, queda mucha lucha por delante.

A primera vista, esta discusión podría parecer bastante alejada de otra que, en estos mismos días, ocupa buena parte de la agenda pública. Esto tiene que ver con que, cada año, durante la primera semana de agosto, se celebra la Semana Mundial de la Lactancia Materna, con una alta y hasta a veces excesiva oferta de información, desinformación, lemas, campañas, etcs.

De repente entendí que ambos eventos aparentemente lejanos podían vincularse, y cuanto más lo pienso, más evidente me resulta que el punto de encuentro no está tan lejos.

El punto de unión es que aquí y allá, todo el tiempo, estamos hablando de defender los territorios. Y si hablamos de territorios, nuestros cuerpos con posibilidad de gestar y nuestras tetas son uno muy codiciado. Porque un territorio no es solamente una extensión de tierra. También puede ser un cuerpo, una placenta, una teta, un lugar donde se gesta, se pare, se amamanta y se cría. Por eso me pregunto, si no sabemos quienes son los dueños de los territorios que habitamos, y me refiero concretamente a quiénes son los dueños de la tierra, ¿cómo decidimos sobre nuestros cuerpos, territorio del cuál no podemos huir, sobre el que en apariencia tenemos total autonomía pero que inmerso en contextos de vulnerabilidad social, económica, laboral y sobre todo ambiental, se enferman sin que podamos hacer demasiado por impedirlo?

La ecoteta

Y acá es donde necesito que me tengan un poco de paciencia, porque para llegar de la extranjerización de la tierra a nuestras tetas hay que seguir algunos hilos. El tópico es el siguiente: considero que ambiente, salud, territorios, maternidades, tetas y lactancias son conceptos que pueden vincularse y qué es importante entrelazar.
Si bien son muy diferentes, comparten algo fundamental: las condiciones en las que vivimos, cuidamos, gestamos, parimos y alimentamos no son decisiones individuales aisladas. Y por eso, quiero proponerles un nuevo concepto, yo lo llamo la ecoteta.

Nace de esta fusión entre ambientalismo, ecologismo, nuevas maternidades y crianza “consciente”. Y me voy a detener en la palabra “consciente”, porque así como quien no quiere la cosa, de repente en una simple denominación se nos introduce tácitamente la culpa. Porque entonces me pregunto: ¿todo lo aquello que cada quien hace, con sus hijos, su forma de maternar, criar o vivir que no entra en esa categoría, será inconsciente,
dígase, falto de responsabilidad, dañino o peligroso?

Nos venden un despertar de la conciencia que nos tiene bastante sonámbulos a todos, pero suena bonito y nos hace sentir buena gente pero, por el contrario, si no nos sumamos, somos unos meros salvajes. En las sutilezas del lenguaje, una vez más, está la clave, porque el mundo se construye de palabras, y nuestras realidades, verdades o mentiras dependen de ellas. Y es con estas palabras “inocentes” que vamos tejiendo, con el arrullo de cada canción, nuevos mandatos para nuestras maternidades. Y es por eso que me importan las palabras, más allá de que sea un vicio profesional, porque las palabras construyen expectativas, lógicas, ideales. Y, como si fuera absolutamente lógico, espontáneo y natural, un buen día, además de todo lo que debemos ser y hacer para ser buenas madres, se suma un nuevo requerimiento: ahora también tenemos que ser ecológicas y sustentables.

Lo interesante es que discursos y enunciaciones aparentemente distantes van armando sus líneas de convergencia, con intereses concretos pero invisibles y sutiles como el tejido de una araña. Cada lema, cada ley, lleva un subtexto, la letra chica que necesita lupa.

Lactancias y salud materna

Observo que los lemas que año tras año acompañan la Semana Mundial de la Lactancia Materna incorporan el discurso de sostenibilidad, sustentabilidad y conciencia ambiental. Estos enunciados no nacen de un repollo, son producto de una época donde el ambientalismo es el nuevo caballito de batalla y queda bien incluirlo hasta en la sopa (o la leche).

El lema de la campaña 2026 fue “Lactancia materna: un inicio sostenible en cualquier circunstancia. Fortalezcamos las acciones que funcionan” En parte refleja un enfoque generalizado, una frase aspiracional y bien intencionada, pero que no profundiza demasiado. Se reconoce que la lactancia materna no depende únicamente de la madre, sino de un entorno social, laboral y sanitario que facilite su práctica y eso es muy pertinente. Hasta ahí, vamos
bien.

Pero a su vez, hace hincapié en la sostenibilidad. Debido a que la leche materna se considera un alimento natural, renovable, sano, no industrial y con múltiples beneficios para la salud tanto de la mamá como del bebé, pero también aporta beneficios para la economía y el ambiente, se le ha empezado a adjudicar un valor ecólogico y ambiental.

Nos ponemos absolutamente de acuerdo en los beneficios que la lactancia materna tiene, está más que demostrado y no es mi punto desacreditarlos. Pero otra vez voy a detenerme en lo discursivo, soy psicóloga, voy a las profundidades. A mí me preocupa bastante como se anclan simbólicamente estos discursos en las nuevas maternidades y me pregunto: ¿por qué ahora el cuidado del planeta empieza a descansar sobre nuestras tetas? Ha sido una fórmula exitosa esto de hacer de un beneficio natural, en este caso la leche humana, un objeto de consumo. Ecologizar nuestras lactancias tiene otra contraparte, implícitamente nos convierte en coresponsables de la contaminación y la destrucción planetaria. Creo que es un montón.

La teta sustentable

¿Por qué cuando hablamos de sustentabilidad, ahora también se atreven a poner el foco sobre nuestras tetas, nuestras lactancias, las mamaderas y los envases de fórmula, pero no sobre quiénes controlan los territorios donde esas tetas, esas lactancias y esos hijos existen? Creo que volver a desviar el asunto hacia la responsabilidad individual, y más aún, hacia las acciones de las madres que ya junto con la placenta parimos miedos, cala profundo y hace mellas, ya que la vulnerabilidad subjetiva del puerperio nos vuelve permeable a los discursos de la responsabilidad y la culpa.

¿Qué madre no va a querer cuidar el planeta, qué monstruo horrible de ser humano podría no desear un ambiente sano sus hijos y para las generaciones venideras? ¿De qué sustentabilidad hablamos si podemos discutir cuánto contamina una mamadera, pero no quién controla la tierra, el agua, los contaminantes y a los
responsables de cuidar y preservar los territorios que habitamos? ¿Qué control sobre nuestra salud y la de nuestros hijos podemos tener si no hay regulaciones que permitan que nuestra salud no se venda al mejor
postor?

Entonces la pregunta vuelve a ser territorial. Y vuelve, inevitablemente, a la tierra. Hoy varias provincias de nuestro país ya superan el límite del 15% de extranjerización establecido por la Ley 26.737, según la última actualización disponible de 2025. Por eso el punto de mi análisis es otro, no me interesa discutir si una madre debería elegir teta o mamadera, si es sustentable o no, sino preguntarnos quién está tomando las decisiones que determinan las condiciones ambientales en las que esas madres y esos hijos viven, porque es en este punto donde las responsabilidades cambian de bando.

No se trata, entonces, de decidir qué madre cuida mejor el planeta. Se trata de preguntarnos quiénes tienen capacidad real de decisión sobre las condiciones ambientales en las que vivimos. La ecoteta comó slogan neo mandato propone un mensaje que muchas veces no sólo resulta culpabilizador para algunas maternidades y lactancias, que por las razones más variables deben o eligen ser “menos sustentables”, sino que además enfatiza un cuidado ambiental basado en acciones puramente individuales, o un “entre todos” que nunca va a poder contra el ecocidio y las acciones gubernamentales que favorecen, alientan y acompañan la venta y destrucción de nuestra tierra.

De qué sustentabilidad hablamos si no discutimos quién controla las leyes, quien compra y quien vende la tierra, si no se controla que se puede y no hacer en nuestro con nuestros ríos, nuestras montañas, nuestros campos, si permitimos que nos envenenen el agua, el aire y los territorios donde gestamos, parimos y amamantamos. Y si vamos a llevar esta discusión hasta el final, entonces tenemos que mirar qué pasa con esas maternidades cuando el territorio concreto donde viven está enfermo.

Así que si vamos a hablar de ambientalismo, hagámoslo, pero de verdad… Hablemos de la teta fumigada, la verdadera lactancia del veneno

La teta fumigada

En nuestro país, las fumigaciones con agrotóxicos han convertido los pechos de muchas mujeres en el peor alimento para sus hijos. Este alimento sano, natural, ecológico, sustentable, no aplica para quienes viven en estas zonas de nuestro país. Maternidades, lactancias, crianzas e infancias qué no aplican al discurso de la sustentabilidad. Que no tienen buena prensa. Que están por fuera de los lemas. Porque mientras discutimos cuanto se tarda en biodegradar una mamadera, hay cuerpos que están siendo expuestos a sustancias que no eligieron, en territorios que ya no son seguros para su salud y la de sus hijos.

En Argentina, se estima que alrededor de 12 millones de personas viven en zonas rurales y periurbanas expuestas a la aplicación de agrotóxicos. Y te cuento algo, las fumigaciones no afectan solamente a quienes trabajan en el
campo: existe exposición directa e indirecta de la población. Lo que se produce en el campo, llega a la ciudad y lo consumimos diariamente, todos.

Los cuerpos de las mujeres que están directamente expuestos a pesticidas sufren severas consecuencias en su fertilidad y en la salud de sus hijos. En poblaciones agrícolas y periurbanas argentinas existe evidencia científica de transferencia de determinados contaminantes a la placenta y a leche materna, contaminando el alimento “más sano y natural” con el que se nutren nuestros recién nacidos, contaminando silenciosamente a las nuevas generaciones que tanto queremos cuidar.

Y entonces la pregunta que aparecía al principio vuelve, pero ahora con otra dimensión. La teta fumigada funciona como una categoría política y simbólica sobre una realidad ambiental concreta, dolorosa, silenciada y llena de crudeza. Por eso la teta fumigada arma puente con lo que llamo maternidades fumigadas. La teta fumigada no es una metáfora, es una realidad. Por eso no me voy a cansar de repetir que toda teta es política y que no hay lactancias sustentables sobre territorios enfermos.

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