Al considerar la actividad económica más relevante en cuanto a la población empleada y la generación de valor, se suele identificar tres etapas en el desarrollo del capitalismo; la etapa del capitalismo agrario, la etapa del capitalismo industrial y la etapa del capitalismo financiero. Esta periodización, si bien no las niega, a menudo invisibiliza la importancia y el rol de las otras dos actividades durante cada una de esas etapas. Es decir, durante el período del desarrollo del capitalismo agrario la producción de manufacturas y las actividades de circulación de capital desarrollaban poco a poco las condiciones para hacerlo en los términos capitalistas; durante el predominio del capitalismo industrial, a partir de la Revolución Industrial, la producción agropecuaria siguió desarrollándose, así como la circulación de capital; durante el auge del capitalismo financiero, a partir de la crisis global del capitalismo industrial de fines de la década de 1960 y principios de la de 1970, la producción agropecuaria siguió expandiéndose en términos capitalistas y la producción industrial adoptó también estrategias de reestructuración para la revalorización de la actividad.
A partir de este contexto, se profundizó la disminución de la fuerza de trabajo empleada en la producción agropecuaria y la disminución también de la fuerza de trabajo empleada en la producción industrial (incluyendo procesos de desindustrialización y reestructuración industrial, según el rubro y el área), aumentando el porcentaje de la fuerza de trabajo en el sector servicios y el auge de la actividad financiera. Enfatizar sólo en estos procesos puede llevar a crear una imagen donde el mayor dinamismo del capital se produce en la esfera de la circulación y en detrimento de la esfera de la producción. Sin embargo, estas dos esferas, con sus tres sectores se articulan y se complementan entre sí, y el capital complejiza los límites entre esos sectores y los torna más difusos, como parte de sus estrategias de reproducción y valorización.
El capital, como parte de esas estrategias, articula procesos de valorización simultáneamente en esos ámbitos. En ese sentido, si con la actividad financiera a partir de la década de 1970 la inmaterialidad pasó a ser un rasgo característico del capital, sus aspectos materiales siguieron siendo centrales. En ese sentido, en la actual crisis del capitalismo, ese carácter material adquiere una renovada centralidad, y ambos aspectos no deben verse como opuestos o como etapas excluyentes entre sí, sino como partes complementarias y articuladas de una misma
estrategia. El conflicto en curso entre Irán, por un lado, y los Estados Unidos a Israel por el otro, así como el ataque de los Estados Unidos a Venezuela en enero pasado, donde las fuentes de petróleo son el principal objetivo, como ejemplos, deben leerse en ese marco.
Si bien estamos atravesando la continuación de la profundización del carácter financiero del capital, y por lo tanto de su carácter inmaterial, las bases materiales siguen siendo centrales. Es decir, aun el capital financiero para poder mantener su circulación y su valorización, requiere de esas bases materiales, de manera que sectores o grupos financieros penetran por ejemplo en ámbitos de la producción agropecuaria donde históricamente no han tenido presencia o recorrido. ¿Dónde podemos identificar estos procesos? En los espacios urbanos, la construcción de viviendas con fines especulativos es uno de los mejores ejemplos. Los excedentes de capital
son derivados hacia la actividad inmobiliaria. Aumenta la cantidad de viviendas disponibles, pero se restringe su accesibilidad y aumenta la cantidad de personas que no acceden a la propiedad de una vivienda o a su alquiler (cada vez en mayor cantidad) y la cantidad de personas en situación de calle. Es decir, aumenta la oferta de viviendas (lo que supuestamente debería hacer bajar sus precios) pero al mismo tiempo se profundizan las restricciones a su accesibilidad y la segregación y exclusión hacia cada vez más sectores sociales.
La financiarización/mercantilización de los espacios rurales
La necesaria materialidad del capital financiero se concreta también en la producción de alimentos, en un proceso que algunos autores han denominado financiarización de la agricultura o financiarización de la producción de alimentos. Este proceso se concreta por una diversidad de prácticas. Un primer ejemplo es la transgénesis, la manipulación genética de especies vegetales y animales, en las que se busca desarrollar características como resistencia a agrotóxicos (glifosato en el caso de la soja) o a condiciones climáticas (resistencia al frío en el caso de tomates o frutillas). Asociado a esto, se desarrolla todo el paquete tecnológico
(insumos químicos, maquinaria), al que muchos productores, por sus costos, no acceden y quedan excluidos del sistema productivo. En estos proyectos es donde el capital financiero realiza parte de sus inversiones, desplazando a comunidades campesinas, de pueblos originarios y de productores familiares en general, quienes son los que sufren las consecuencias ambientales, en particular en la salud. Un segundo ejemplo, de manera semejante a los espacios urbanos, la tierra rural misma es considerada una reserva de valor a futuro (que pueden derivar o no en actividades agropecuarias o forestales, mineras o inmobiliarias), profundizando el proceso de
concentración de la tierra.
En este marco es donde debe darse la clave de lectura de situaciones como los incendios del verano pasado en la Patagonia, en el sur de Argentina y Chile, y en Argentina los intentos del actual régimen mileísta de derogar o modificar la Ley 27.604 de Manejo del Fuego, sancionada en 2020, cuyo objetivo es evitar que el fuego se utilice para bajar el valor de la tierra, habilitar desmontes, loteos o modificar el uso de los suelos en determinadas zonas protegidas o con restricciones. Impide además, el cambio de usos del suelo en áreas de humedales o bosques
por un largo período después de los incendios (treinta años para el caso de áreas agrícolas, ganaderas o bosques implantados; sesenta años en el caso de bosques nativos y áreas protegidas).
Esa clave de lectura es válida también para los actuales intentos de modificación de la Ley 26.737 de Tierras Rurales, sancionada en 2011, que limita la compra de tierras en áreas consideradas estratégicas por parte de personas, empresas o fondos de inversión extranjeros. Esta financiarización de la producción agropecuaria es entonces la financiarización de los espacios rurales y en definitiva una profundización en la mercantilización de esos espacios. Y por definición, como parte de las estrategias del capital, esa conversión de estos espacios en
mercancía genera la pérdida de soberanía en términos generales y de la soberanía alimentaria en particular, es decir, el derecho a decidir en qué condiciones (materiales y simbólicas) se producen, se distribuyen, se preparan y se consumen los alimentos. Es un conflicto entre las necesidades de reproducción del capital y las necesidades, y por lo tanto el derecho, a la reproducción física y social de la sociedad, de su condición y dignidad, de su existencia misma, de la diversidad de formas de vida. De ahí que, así como se amplían las estrategias del capital,
se amplían las estrategias de organización, resistencia y lucha de los sectores contrahegemónicos.
No está nada terminado, no está todo dicho.





