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Fuga en silencio: la amenaza sobre las turberas

Alguna vez han caminado por un suelo tan blando, esponjoso y suave, que se siente como pisar un colchón, como pasear sobre una nube extensa de colores otoñales. Ese suelo es exactamente la turba, y su extensión en kilómetros cuadrados las turberas.

En un mundo donde mediáticamente recursos naturales como el litio, los hidrocarburos, las tierras raras o el agua están en el centro de los debates político-económicos y las luchas ambientales, las turberas y su extracción pasan completamente desapercibidos, tal vez porque su explotación no es a gran escala, o porque sus efectos negativos o positivos no son perceptibles a simple vista.

Lo cierto es que las turberas son ecosistemas altamente relevantes para los ambientes donde se sitúan y otros adyacentes, especialmente en tiempos de crisis civilizatoria, de un capitaloceno extractivista salvaje y de cambio climático.

¿Qué es aquel suelo esponjoso?

El concepto de turbera es poco conocido y en general se confunde con otros términos. Si atendemos a la definición precisa las “turberas” son un tipo de humedal ácido, en el cual se ha acumulado material orgánico en forma de “turba”. Las turberas se tratan de cuencas lacustres por lo general de origen glaciar (altoandinas) -aunque se pueden encontrar en otros relieves-, que se componen de materia vegetal más o menos descompuesta y se denominan comúnmente como “turba de agua dulce” o bien de agua salada.

El paisaje típico de una turbera pareciera ser un campo de pastos de colores, especialmente rojos con algunos verdes, sin árboles y con pequeñas lagunas. Estos ecosistemas altamente sensibles son como esponjas de musgo y vegetación que se han acumulado durante cientos a miles de años sin descomponerse del todo, en un ambiente con gran superávit de agua.

Se formaron en depresiones que fueron colonizadas por diversas especies vegetales, entre las que se encuentran las “briofitas”, que son un tipo de musgo del género “Sphagnum” (uno de los principales componentes de la turba, aunque puede ser de otro tipo). Este musgo, que es capaz de absorber hasta veinte veces su peso en agua, además forma un ambiente con bajos nutrientes y concentración de nitrógeno, muy acido, anóxico (carente de oxígeno) y frio, lo que evita la proliferación de hongos y bacterias y por lo tanto la descomposición del material vegetal muerto, formándose la turba. Se asemejan a los icebergs en el sentido que se van formando mediante la acumulación de nuevas capas que comprimen y mantienen en semi descomposición las anteriores.

Como ya se mencionó, las turberas son un tipo de humedal, y representan el 50% de los humedales del mundo y un 3% de la superficie del planeta. Se encuentran en todos los continentes, especialmente en regiones de bajas temperaturas y abundantes precipitaciones -alrededor de 2000 mm. anuales-, por lo que no es raro que los países cercanos al polo norte contengan gran cantidad de turberas por el hecho de tener mayores tierras emergidas; en cambio en el hemisferio sur la mayor concentración se da en el cono sur de Sudamérica.

Por otro lado, pueden existir turberas en diversos tipos de ambientes, desde costas, zonas peri-costeras, deltas y marismas saladas, hasta llanuras de inundación, márgenes de lagos y entornos montañosos o alpinos, siendo las de este tipo quizás las más conocidas. Incluso según su ubicación latitudinal, si bien se asocian a lugares de climas fríos y húmedos, se pueden encontrar turberas tropicales (el Congo posee las más cercanas del mundo al Ecuador), como subtropicales (por ejemplo, en los Esteros del Ibera). En Sudamérica estos ambientes se concentran en el cono sur, principalmente en Argentina y Chile, en su mayor parte en la Patagonia y donde destaca la Isla grande de Tierra del Fuego, con 90.000 hectáreas de turbera que datan su origen desde hace unos 11.000 años.

Servicio ambiental fundamental

Son varios los factores que hacen de las turberas zonas con mucho valor, no solo económico, sino por cuestiones mucho más importantes. Por una parte, las turberas tienen una importancia arqueológica debido a que conservan restos orgánicos en estados semi descompuestos, produciendo archivos paleo- biológicos acerca de la historia del paisaje postglacial. Estos ecosistemas son altamente vulnerables al mínimo cambio de sus condiciones, cualquier alteración de su vegetación e hidrología afectara severamente el desarrollo de los mismos, y el hábitat de sus especies, alberga una enorme biodiversidad específica (flora y fauna), por lo que conllevan aparejado un valor paisajístico para el entorno natural y localidades cercanas.

Se trata de ambientes de “transición” entre las zonas terrestres y acuáticas. Su capacidad de retención y filtración del agua como agente de regulación del ciclo hidrológico es crucial para la regulación de descargas de nutrientes en las cuencas, para la purificación del agua, para el abastecimiento de agua dulce potable para personas y animales. Esto genera que representen una de las reservas de agua más efectivas del planeta, ya que retienen el 90% de su peso en agua.

A su vez esta gran capacidad de retención del agua también convierte a las turberas en zonas de mitigación de inundaciones, primero porque evitan la erosión fluvial del suelo, evitando la transformación del relieve, y segundo porque ocupan mucho espacio y almacenan hasta veinte veces su peso en agua, por lo que toda agua que les llega mediante escorrentías o precipitaciones es inmediatamente filtrada hacia las capas profundas, por lo que no se produce una acumulación ni rebasamiento del agua.

Combatiente del cambio climático

Debido a la acumulación de materia orgánica en sus suelos, captan el doble de dióxido de carbono atmosférico que la misma cantidad de masa de bosque circundante (sumidero de carbono), las turberas representan eficientes reservas globales de carbono, almacenando casi un tercio del total presente en la superficie terrestre, lo que las convierte en un gran reservorio hemisférico de carbono y otros gases de efecto invernadero.

Estas capacidades denotan la relevancia de estos ecosistemas, en donde según su balance ecológico e hidrológico, pueden contribuir o aminorar el calentamiento global. Por eso la destrucción o degradación de las turberas por causas humanas o naturales, puede convertir estos ambientes en grandes emisores de gases de efecto invernadero, no solo de dióxido de carbono, sino también de metano u otros, verdaderos “puntos calientes” de carbono.

El riesgo de un extractivismo silencioso

Lo primero que debe establecerse es que la extracción de turba no conlleva ningún beneficio social pero sí un alto impacto sociobiológico. La explotación de las turberas es marginal, y esto es así en todo el mundo: no se habla y no se escucha, pero sucede. La turba no satisface directamente las necesidades de la sociedad, una vez extraída se deseca para quitarle su humedad, a veces se tritura también, y su requerimiento y utilización se destina para combustible por medio de la incineración (energía), en la jardinería para mejorar los suelos por su capacidad de retención de agua, y como fertilizante para la mejora del césped y pavimentos deportivos.

Su mayor caudal se destina primero para la agricultura de “cultivos sin suelo” para el acondicionamiento y mejora de los suelos, por otro lado. También se la utiliza para la germinación de plantas, especialmente la producción industrial de flores y tabaco. Por último, es muy utilizada en la industria del petróleo como materia absorbente en caso de derrames.

El único uso de las turberas que no requiere de su extracción o modificación es para la obtención de agua dulce como sustento de vida, para lo cual solo se las deja ser en su función de reservorio y filtración.

La problemática de la minería de turba

Primero que nada, hay que establecer que la turba es un recurso natural no renovable, no porque no tenga capacidad de restauración, sino porque un metro de espesor extraída tardaría mil años en recuperarse, por lo que su desarrollo es demasiado lento para los ritmos de la explotación minera.

La minería de turba es de esas actividades que no genera casi ningún beneficio social y económico -su extracción es artesanal- pero el costo climático-ambiental es demasiado alto para la flora, fauna y sociedades de su entorno.

Como lo expuso el hidrólogo Rodolfo Iturraspe (docente e investigador de la universidad nacional de Tierra del Fuego) esta actividad extractiva de este tipo de mineral -de los cuales es el único orgánico- no tiene prácticamente valor agregado, apenas produce trabajo y su actividad es estacionaria (primavera-verano) pero implica la destrucción de estos ecosistemas que cumplen funciones ambientales muy importantes.

El problema aquí es que la mejor cualidad de la turbera (absorción y almacenamiento del dióxido de carbono atmosférico) que le otorga su importancia con respecto al cambio climático, puede pasar a ser a su vez, su mayor defecto y potencial dañino, ya que, si se diera rienda suelta a la explotación turbera, se fugarían gigantescas cantidades de CO2 y otros gases de efecto invernadero, lo que terminaría agravando el aumento de la temperatura mundial.

La destrucción global de turberas por drenaje, transformación para tierras agrícolas, incendios y extracción, producen el 10% de emisiones de CO2 a la atmosfera. El efecto es doblemente contraproducente, dejan de captar y se libera el CO2 acumulado.

Las consecuencias que provocaría una mayor extracción de turba, (como en el hemisferio norte que han agotado este recurso en muchas regiones) tiene que ver con la capacidad reguladora hidrológica de las cuencas, y que afecta directamente las localidades cercanas. Si se explotaran estos ecosistemas la calidad del agua empeoraría, lo que produce una mayor inversión en plantas potabilizadoras que hagan el trabajo que naturalmente y sin costo realizan las turberas.

Conflicto turbero

Las causas antropogénicas de perdida de turberas en regiones no tropicales con sus respectivos porcentajes son: Agricultura (50%), Forestación (30%), Extracción de turba (10%), Urbanización (5%), Inundación (3%) y perdidas indirectas (erosión, cobertura) (1%). Esto marca que la destrucción de estos ambientes por medio de actividades industriales tiene como fin otras actividades a gran escala. Las turberas representan entre el 50% y el 70% de todos los humedales existentes, proveen de funciones vitales para la sociedad en todas las escalas, aunque por otra parte son de los ecosistemas más vulnerables y desde 1800 el 20-30% de la totalidad de los turbales han disminuido principalmente a causa de actividades antrópicas.

De manera silenciosa se han incrementado cada vez mas los proyectos y solicitudes de concesiones mineras para la extracción de turba, las cuales suelen otorgarse sin planificación, y en especial porque los países tradicionalmente proveedores tienen agotadas o contaminadas sus reservas. En el cono sur tanto en Chile como en Argentina el código de minería clasifica las turberas como de segunda categoría, concebibles preferentemente al dueño del suelo. Son los productores y Pymes locales los que presionan por “apoyo” gubernamental, y cambios legales-burocráticos para poder alcanzar mayores dimensiones en el circuito productivo.

Ecos sin amplificación

En la última década se produjo un aumento en el reconocimiento internacional de conservar estos ambientes, por lo que su conservación se tornó estratégica. Es así como surge la convención de RAMSAR -conocida también como la “convención sobre humedales de importancia internacional”- a través de convenios y otros instrumentos y acuerdos internacionales (su misión es “la conservación y el uso racional de todos los humedales mediante acciones locales, regionales y nacionales y la cooperación internacional, como contribución al logro de un desarrollo sostenible en todo el mundo”).

En el 2022 desde el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), se originó la iniciativa mundial para las turberas, lo que le dio entidad a todas aquellas organizaciones y acciones locales y regionales en el mundo que sostenían la lucha por la conservación y gestión de las turberas. La conservación de estos ecosistemas desde el PNUMA se alineo junto con los objetivos para un desarrollo sostenible (particularmente con los objetivos N°3, 6, 13, 15 y 17). Se llevo a cabo el Acuerdo de Venecia, con el objetivo de proteger y restaurar las turberas, logrando que países como RD Congo avanzaran enormemente en la conservación de sus humedales. O como en el cono sur la “Iniciativa Turberas Patagónicas”, una iniciativa binacional para coordinar políticas y proteger estos humedales.

Se suman el ámbito científico, ya que las turberas tienen un importante valor científico-arqueológico, estando en permanente estudio en el plano internacional. También el sector turístico que se contrapone a la explotación de las turberas, ya que sostienen que estas zonas tienen mayor valor económico por su uso paisajístico y científico, por lo que deben ser preservadas.

Para avanzar en conservación, hay que reunir lo que parece estar separado, la ciencia, educación, política, arte, comprendiendo que para mantener una vida en ambientes sanos dependerá de las relaciones socio ecológicas que seamos capaces de mantener. Proteger los ecosistemas que sostienen nuestra existencia es aspirar a un buen vivir.

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