En 1972, la Conferencia de Estocolmo sobre el Medio Humano marcó el inicio de una agenda ambiental internacional cada vez más sistemática. A partir de allí, la ciencia en general y la geografía en particular comenzaron a prestar más atención a los impactos ambientales y a la necesidad de una ordenación territorial más sostenible. Al año siguiente, la crisis del petróleo también impulsaría reflexiones y discusiones sobre el uso de los recursos naturales y los modelos económicos dependientes de los combustibles fósiles y su impacto ambiental.
Unos años después, en 1977, el geomorfólogo y geógrafo francés Jean Tricart publicó “Ecodinámica”, un trabajo donde analizó cómo los ecosistemas y los suelos evolucionan bajo la influencia del clima y de las intervenciones humanas. De alguna manera, estableció las bases teóricas que sustentarían, dos años después, la publicación del trabajo tal vez más influyente de la etapa final de su trayectoria académica: “La ecogeografía y la ordenación del medio natural” publicado junto con Jean Kilian en 1979 y traducido al español por Editorial Anagrama en 1982. La mayor parte de las citas de este artículo fueron tomadas de ese trabajo.
Lo que estos autores intentan recuperar en esta obra es la unidad y la integralidad en el análisis del medio natural. La manera en la que se abordaba el estudio de los medios naturales y los paisajes en la época mostraba que, al incluir diferentes “capas” sin integrarlas entre sí, era dificultoso dar cuenta del dinamismo. Una muestra de esto se puede obtener al revisar cualquier manual de geografía publicado durante las décadas de 1970, 1980 e incluso 1990, al advertir que los contenidos aparecían separados por temas. Por ejemplo: en un manual de geografía de Argentina, los capítulos que aparecen son hidrografía de la Argentina, relieve de la Argentina, clima de la Argentina, suelos de la Argentina, vegetación de la Argentina, etc. La propuesta de Tricart y Kilian consistía, precisamente, en recuperar la unidad para explicar el dinamismo del medio natural.
Integrar dinámicamente el medio natural implica, como repiten Tricart y Kilian más de una vez a lo largo de su obra, entender que el ordenamiento consiste en modificar por otra una dinámica existente. ¿Qué quieren decir? Que cualquier medio natural tiene una dinámica propia al momento de suceder una intervención y que luego de ella esa dinámica previa será sustituida por una nueva. Por esa razón, los autores sostienen que el análisis no puede limitarse a una visión estática y descriptiva del medio natural sino que, por el contrario, se debe tener en cuenta la sensibilidad de dicho medio respecto a tal o cual intervención.
Para eso, y porque sostienen que sería una enorme falta de perspectiva pretender considerar a la naturaleza actual como parte de un régimen permanente, afirman que la integración dinámica debe tener en cuenta, conjuntamente, dos aspectos: la dinámica actual, la que se ve, la del presente, que determina algunas características del medio natural; y las dinámicas anteriores, que se han ejercido en el pasado y que han dejado herencias que también deben ser incluidas en el análisis. Esto es fundamental porque, como se abordará más adelante, la sucesión de las dinámicas del pasado, ritmada fundamentalmente por los cambios climáticos a lo largo del tiempo, es decisiva a la hora de entender las dinámicas actuales.
La perspectiva cronológica
Como consecuencia del enfoque recién presentado, es necesario establecer una perspectiva cronológica para analizar los fenómenos que pueden observarse en las dinámicas actuales. Una perspectiva cronológica que debe considerar dos tipos de escalas temporales: una de tiempos largos, geológicos, que se mide en millones de años; y una de tiempos cortos, que se mide en tiempos “humanos”, hasta 10.000 años aproximadamente. ¿Qué quiere decir esto? Significa que es necesario diferenciar estas escalas de análisis debido a que, en términos geológicos, un evento sucedido hace, digamos, 600.000 años atrás es un evento que, en tiempos largos, es muy reciente. Si se lo analizara desde la escala temporal humana, se correría el riesgo de confundir su “proximidad” al presente.
Veamos algunos ejemplos: hasta la formación de la cordillera de los Andes, hace aproximadamente 65 millones de años, la Patagonia argentina tenía un ambiente mucho más húmedo que en la actualidad. Ya formada, la cordillera comenzó a obstruir los vientos húmedos provenientes del Océano Pacífico, las precipitaciones orográficas aumentaron del lado chileno de la Patagonia y nuestro “lado” evolucionó paulatinamente hacia un clima más árido y un ambiente más seco como lo conocemos hoy. Ese cambio del funcionamiento natural es, en tiempos largos, muy reciente, ya que comenzó a suceder hace “tan sólo” 65 millones de años. En el medio natural actual pueden encontrarse herencias de aquella dinámica más húmeda en, por ejemplo, la existencia de restos fósiles de bosques y vegetación correspondiente a un clima más húmedo donde hoy predomina un clima más seco y un ambiente más estepario.
Por otro lado, y cambiando de escala a los tiempos cortos, la presencia de conchillas marinas en la isla Martín García y a lo largo del río Paraná hasta localidades como Ramallo o Rosario son evidencia de dinámicas naturales pasadas donde el nivel del mar, hace unos 7000 años durante el Holoceno, era lo suficientemente elevado como para llegar hasta lugares hoy muy alejados de las costas.
La Tierra como sistema abierto
La energía que alimenta al sistema natural se introduce en él por dos caminos: una parte procede del exterior, del Sol, y se transmite bajo la forma de radiaciones; y el resto se produce desde el interior de la Tierra, configurando las llamadas “energías internas”, que se manifiestan bajo la forma de desprendimiento de calor, vulcanismo, metamorfismo y por la atracción newtoniana que ejerce la masa del globo que origina la gravedad.
El rol de la cobertura vegetal
Al vivir entre la litósfera y la atmósfera, las plantas desempeñan un papel de extrema importancia en el medio natural, ya que utilizan parte de la energía irradiada por el sol para efectuar la fotosíntesis, y al mismo tiempo absorben otra parte de esa energía y, cuando las condiciones lo permiten, la utilizan para aumentar la proporción de agua en la atmósfera mediante la transpiración.
Pero además, la cobertura vegetal cumple un rol fundamental a la hora de analizar la dinámica de un medio natural, ya que ofrece una serie de servicios ambientales centrales a la luz de este análisis. Algunos de ellos son:
Regulación del ciclo hidrológico. La vegetación intercepta las precipitaciones mediante hojas y ramas, lo que reduce el impacto directo y la capacidad erosiva de la lluvia sobre el suelo. Además, favorece la infiltración al mantener la estructura porosa del suelo mediante las raíces y la materia orgánica, y reduce la escorrentía superficial.
Control de la erosión y estabilidad geomorfológica. La vegetación fija el suelo mediante las raíces, estabiliza laderas, reduce la pérdida de partículas por acción del viento y del agua, y favorece la formación y conservación de horizontes edáficos. Cuando se elimina la cobertura vegetal, se rompe el equilibrio geomorfológico y aumentan procesos como cárcavas, movimientos en masa y pérdida de suelo fértil por la erosión.
Formación y mantenimiento del suelo (edafogénesis). La vegetación participa activamente en la creación del suelo, ya que aporta materia orgánica y favorece la actividad microbiana.
Regulación climática local y regional. La cobertura vegetal aumenta la evapotranspiración, regula la temperatura del aire y del suelo, genera sombra y modifica la humedad atmosférica.
Protección frente a eventos extremos. La vegetación reduce el riesgo de desastres al ofrecer protección frente a la erosión fluvial, las tormentas, la erosión eólica y los deslizamientos.
La perspectiva morfodinámica y el balance morfogenético
La evolución de un medio natural depende del balance entre dos conceptos fundamentales: la morfogénesis (procesos que modelan y transforman el relieve mediante, principalmente, la erosión) y la pedogénesis (procesos de formación y desarrollo de los suelos).
La relación entre ambos procesos permite distinguir distintos grados de estabilidad morfodinámica: cuando predomina la pedogénesis, el medio tiende a la estabilidad, la cobertura vegetal protege el suelo, disminuye la erosión y favorece la evolución de perfiles edáficos más desarrollados. En cambio, cuando domina la morfogénesis, aumenta la erosión y la movilización de materiales, se dificulta la formación de suelos y el medio tiende a la inestabilidad. Entre ambos extremos existen situaciones intermedias que conforman medios cuasiestables o intergrados, en los que ni la pedogénesis ni la morfogénesis se imponen con claridad.
Los grados de estabilidad y el balance morfogénesis – pedogénesis varían en el espacio y, por supuesto, en el tiempo. Las características del medio que favorecen la morfogénesis son una pendiente acusada, un clima “agresivo” (lluvias intensas en poco tiempo, por ejemplo), energías internas activas (actividad volcánica o sísmica), suelos de deficiente estructura y escasez de cobertura vegetal. Por el contrario, una cobertura vegetal cerrada y espesa, unas pendientes suaves, una lenta destrucción de la materia orgánica, lluvias poco intensas y la ausencia de energías internas significativas favorecen la pedogénesis.
Por supuesto, a la hora de analizar el balance morfogenético de un medio natural, es necesario incluir la perspectiva cronológica y preguntarse desde cuándo tiene esas características. Para eso, es necesario analizar, como ya fue dicho, las herencias que perduran en el medio natural. Herencias que, es evidente, estarán más presentes en los medios que tienden a la estabilidad, ya que, en los medios más inestables, estas herencias tienen menos posibilidades de conservarse durante largo tiempo. Por lo tanto, cuando las herencias de dinámicas pasadas ocupan un lugar predominante en un medio que tiende a la inestabilidad, muestran que dicha inestabilidad es relativamente reciente.
La integración dinámica desde una mirada ambiental
Puede afirmarse que la principal contribución de Tricart y Kilian, revolucionaria para la época, consistió en desplazar la mirada positivista que analizaba los elementos del medio natural de manera aislada, hacia una mirada que puso en el centro del análisis las relaciones dinámicas que lo organizaban. El relieve, los suelos, el agua, la vegetación y el clima dejan de ser componentes independientes para convertirse en partes de un mismo sistema donde cualquier modificación repercute sobre el conjunto.
Comprender un medio natural, desde esta perspectiva, implica entonces reconstruir su historia, identificar los procesos que actualmente lo modelan y reconocer las herencias que permiten conocer las dinámicas pasadas. Es esta mirada la que permite interpretar por qué un paisaje funciona del modo en que lo hace y cuál podría ser su respuesta frente a una determinada intervención.
Por lo tanto, si toda intervención sustituye una dinámica preexistente por otra nueva, ninguna transformación del medio natural resulta inocua. Urbanizar una llanura de inundación, desmontar un bosque, o modificar el curso de un río significa alterar dinámicas naturales muy complejas. Analizar el medio natural desde esta perspectiva dinámica permite comprender mejor el funcionamiento de los paisajes y entender que intervenir sobre el territorio implica, inevitablemente, hacerlo sobre un sistema en permanente cambio.





