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Entre las fallas geológicas y las fallas sociales: el terremoto que sacudió Venezuela

En los medios de divulgación, en los ámbitos educativos y en el lenguaje cotidiano es frecuente utilizar indistintamente los términos sismo y terremoto para referirse a un mismo proceso físico: la liberación repentina de la energía acumulada en el interior de la corteza terrestre, que se propaga en forma de ondas sísmicas y se manifiesta mediante vibraciones en la superficie. Este fenómeno es consecuencia del movimiento continuo y del reajuste de las placas tectónicas, cuyo desplazamiento relativo genera tensiones que, al superar la resistencia de las rocas de la corteza, libera la energía acumulada de manera súbita. Este proceso constituye una manifestación de la dinámica interna de la Tierra y forma parte de la evolución permanente del planeta.

Aunque el proceso físico es el mismo, la manera en que las sociedades han nombrado y comprendido estos fenómenos ha variado a lo largo del tiempo. La palabra sismo deriva del griego seismós (σεισμός), que significa “sacudida” o “temblor”, y es el vocablo empleado en el ámbito científico para designar los movimientos de la corteza terrestre originados por la liberación repentina de energía, independientemente de su magnitud o de los efectos que produzca. Terremoto, en cambio, procede del latín terra (tierra) y motus (movimiento), por lo que significa literalmente “movimiento de la Tierra”.

Aunque desde el punto de vista científico ambos términos pueden utilizarse como sinónimos, en el lenguaje cotidiano suele reservarse la palabra terremoto para los sismos de mayor intensidad, aquellos capaces de producir daños materiales, modificar el territorio y generar importantes consecuencias sociales.

Desde esta base física, el fenómeno ha sido nombrado y clasificado de distintas maneras a lo largo del tiempo y en diferentes contextos culturales. La distinción entre el lenguaje científico y la percepción social resulta relevante porque un sismo no se convierte necesariamente en un desastre por la sola magnitud de la energía que libera.

Desde la perspectiva de la geografía, los desastres no son considerados “fenómenos exclusivamente naturales” ya que no se originan únicamente por la ocurrencia de un proceso físico, sino por la interacción entre una amenaza natural y las condiciones de vulnerabilidad preexistentes en el territorio. La magnitud de sus impactos y sus consecuencias, dependen de múltiples factores, entre ellos las características del territorio, la calidad de las construcciones, los procesos de ocupación y uso del suelo, la capacidad de respuesta institucional y el nivel de preparación de la población. En consecuencia, un sismo de igual magnitud puede generar efectos muy diferentes según el contexto territorial en el que ocurra, lo que demuestra que el riesgo y el desastre son, en gran medida, construcciones sociales y territoriales.

El evento

El 24 de junio de 2026, Venezuela experimentó uno de los eventos sísmicos más significativos de su historia reciente. A las 18:04 (hora local), un sismo de magnitud 7,2 en escala de magnitud de momento (Mw), el estándar utilizado actualmente por la sismología sacudió el estado de Yaracuy, a una profundidad aproximada de 20 kilómetros. Su epicentro se localizó a unos 23 kilómetros de la ciudad de San Felipe, localidad situada aproximadamente a 300 kilómetros al oeste de Caracas. La intensidad del movimiento, evaluada, a partir de los efectos observados en la superficie mediante la escala de Mercalli modificada, varió según las características geológicas y las condiciones del territorio.

Apenas 39 segundos después se produjo un segundo sismo, de mayor magnitud 7,5, con epicentro en las proximidades del municipio de Yumare y a una profundidad de solo 10 kilómetros. Esta secuencia constituye lo que en sismología se denomina un doblete sísmico: dos terremotos de magnitud comparable que ocurren muy próximos entre sí, tanto en el espacio como en el tiempo, sin que el segundo pueda considerarse una réplica del primero. Se trata de un fenómeno poco frecuente y, en este caso, especialmente destructivo. La menor profundidad del segundo evento favoreció que las ondas sísmicas alcanzaran la superficie con una menor atenuación de su energía, intensificando el movimiento del suelo y amplificando sus efectos sobre el territorio.

Los terremotos no ocurren de manera aleatoria ni aislada, sino que se concentran en regiones donde las estructuras geológicas activas acumulan tensiones durante largos períodos de tiempo. La explicación de los sismos registrados en Venezuela se encuentra en el contexto tectónico del norte del país, una región donde interactúan dos grandes placas litosféricas: la Placa del Caribe, al norte, y la Placa Sudamericana, al sur. El desplazamiento relativo entre ambas genera deformaciones en la corteza terrestre y una acumulación progresiva de esfuerzos.

Cuando esas tensiones superan la resistencia de las rocas, se produce la ruptura asociada a fallas geológicas activas, liberándose de manera súbita la energía acumulada en forma de ondas sísmicas que se propagan por el interior de la Tierra hasta alcanzar la superficie. La localización de estos procesos responde a la dinámica de los límites entre placas tectónicas, razón por la cual determinadas regiones presentan una peligrosidad sísmica permanente.

Esta región de Venezuela se caracteriza por reunir un complejo sistema de fallas geológicas activas, entre las que se destacan Boconó, La Victoria, San Sebastián y El Pilar. Este ambiente geológico ha sido reconocido y caracterizado mediante estudios de neotectónica y paleosismología desarrollados por la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (FUNVISIS). Los epicentros de los sismos del 24 de junio se ubicaron en la cuenca de Yaracuy, una estructura de tipo pull-apart, originada por procesos locales de extensión asociados al movimiento de las fallas transcurrentes. El ambiente constituye una de las unidades tectónicas más relevantes del límite entre las placas del Caribe y Sudamericana, y concentra una importante actividad sísmica asociada a la deformación activa de la región.

La ubicación del evento no es producto del azar, sino expresión de esa dinámica tectónica que acumula energía a lo largo del tiempo. La sismicidad histórica de Venezuela constituye una clara evidencia de ello. En este sentido, el terremoto del 26 de marzo de 1812, uno de los eventos sísmicos más destructivos registrados en el país, afectó gravemente a las localidades de San Felipe, ubicada en el mismo sector donde se localizó el epicentro del sismo reciente, así como a Barquisimeto, Mérida y Caracas.

Un fenómeno natural convertido en catástrofe

Sin embargo, comprender por qué ocurrió el terremoto no implica solamente explicar la ruptura de una falla. Desde la geografía, la cuestión central consiste en entender por qué un fenómeno natural puede convertirse en una catástrofe. La respuesta radica en la interacción entre la amenaza sísmica y las condiciones de vulnerabilidad del territorio. En el caso de Venezuela, el predominio de construcciones de mampostería de ladrillo sin refuerzo y de ladrillos de adobe en las áreas afectadas constituye uno de los factores de vulnerabilidad estructural más ampliamente documentados frente a sismos de esta magnitud.

La historia reciente del país ofrece un ejemplo elocuente: durante el terremoto de Caracas de 1967, el colapso de numerosos edificios de mediana altura estuvo asociado, en varios casos, a la construcción de pisos adicionales que excedían el diseño original. Este antecedente evidencia que el impacto de los procesos geológicos no depende exclusivamente de la intensidad del fenómeno, sino también de las decisiones vinculadas al uso, la ocupación y la calidad del espacio construido.

La construcción de un escenario de riesgo no depende exclusivamente de la peligrosidad geológica asociada al fenómeno sísmico, sino de la manera en que las sociedades ocupan, organizan y transforman el territorio. Un mismo proceso geológico puede producir consecuencias muy diferentes según las condiciones sociales, económicas, ambientales y territoriales del espacio en el que ocurre. En este sentido, el desastre no constituye únicamente el resultado de un fenómeno natural, sino la expresión de vulnerabilidades construidas históricamente mediante decisiones de ocupación del suelo, modalidades constructivas, niveles de exposición y capacidades de respuesta. Lo sucedido en Venezuela el 24 de junio vuelve a poner de manifiesto que los terremotos son inevitables, pero sus consecuencias dependen, en gran medida, de la forma en que cada sociedad configura y gestiona su territorio.

La experiencia internacional demuestra que la ocurrencia de grandes terremotos no determina por sí sola la magnitud del desastre. Países como Japón, México y Chile, con una larga historia de exposición sísmica, han desarrollado procesos continuos de aprendizaje basados en la investigación científica, la actualización de normas de construcción, la planificación territorial, la educación comunitaria y la preparación institucional. Estos avances no eliminan la amenaza sísmica, pero permiten reducir la vulnerabilidad y fortalecer la capacidad de respuesta de las sociedades. En este sentido, el desafío para Venezuela no consiste únicamente en comprender por qué ocurrió el sismo del 24 de junio, sino en transformar esta experiencia en conocimiento colectivo. La memoria de los terremotos, cuando se integra con la ciencia y la planificación, puede convertirse en una herramienta para construir territorios más seguros y resilientes.

La Tierra continuará moviéndose porque esa es una característica esencial de su dinámica interna; el verdadero desafío consiste en aprender a convivir con esos procesos y reducir las consecuencias que generan sobre nuestras sociedades.

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