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China y la Segunda Guerra Mundial: memoria y territorio en la narrativa contemporánea

María Cristina Nin y Lucía Fernández

En la Avenida Shuiximen Nº 418 de la ciudad de Nanjing, ciudad ubicada en el delta del río Yangtsé al este de China, se encuentra el Memorial a las víctimas de la masacre de Nanjing por parte de los invasores del Ejército japonés. Creado en 1985, como Objeto de memoria, pretende Conmemorar a las víctimas de la masacre de Nanjing del 13 de diciembre de 1937 y contrarrestar posturas negacionistas respecto a esa masacre.

El Memorial es un complejo de edificios y monumentos diversos que se encuentran en un predio de 74.000 metros cuadrados. El sitio consta de tres partes principales: un área de exposiciones al aire libre, una sala en donde se exhiben restos óseos de las víctimas y otra sala donde se exponen documentos históricos.

Ese recorrido inicia con una gran plaza, compuesta a su vez por varios monumentos y piezas con símbolos de diversas religiones y creencias. Luego se ingresa al museo, cuya salida conduce a una gran extensión en leve pendiente cubierta de guijarros que incluye estatuas, esculturas, tallas de relieve, tabletas y un gran muro donde se encuentran inscriptos los nombres de las víctimas de la masacre. La pasarela conmemorativa muestra huellas que representan las de los sobrevivientes. Desde allí se accede a tres edificios: en el primero de ellos, en forma de sarcófago, se exponen los restos de los 10.000 cuerpos encontrados durante los años 1990; los otros dos son el Memorial Square y el Meditation Hall. 

A su vez, el Parque de la Paz se encuentra constituido por una baja, larga y estrecha pila de agua que termina con una alta estela y dos enormes estatuas de mármol blanco representando la paz. Del lado derecho de la pila, el recorrido está cerrado por un alto muro, The Wall of Victory, donde se encuentra entronizada otra gran estatua de un soldado que toca el clarín (Memorias Situadas, 2026).

En la década del ochenta, en el contexto del surgimiento de nuevas narrativas vinculadas con la invasión japonesa de 1937, el 15 de agosto de 1985 se inaugura el primer monumento de este complejo que se amplía en sucesivas etapas. Más adelante, en el año 2015 se cataloga como Archivos de la Masacre de Nanjing inscriptos en el Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO disponible en la página web Memorias situadas del Centro Internacional para la promoción de los Derechos Humanos, auspiciado por Unesco.

En la construcción social de los territorios a escala local subyacen los procesos geohistóricos espacialmente localizados. Un proceso geohistórico es una relación trialéctica entre sociedad, espacio y tiempo (Soja, 1996). La memoria se inscribe en una materialidad, un espacio y lugares específicos donde se reconocen las identidades de los procesos traumáticos de la sociedad. Desde este punto de vista, la memoria es necesariamente plural, multiforme, y se inscribe en la multiplicidad de tiempos sociales y espacios diferenciados de los cuales se apropian los grupos (Lavabre, 2007).

El tiempo y el espacio cumplen un rol destacado en la construcción y permanencia de la memoria. El tiempo, porque la memoria se sustenta mientras los sujetos la sostienen activamente y el espacio porque la memoria se asocia a imágenes ubicadas en él. Los lugares de memoria se entienden como sitios conformados por prácticas sociales cargadas de significación y simbolismo. Es decir, se convierten en productos sociales que materializan aspectos de la cultura, la historia y la política de un territorio. Se crean símbolos y de este modo, se les otorga subjetividad a ciertos espacios. Los dos pilares sobre los que se construye la memoria son el mental y el simbólico, y de este modo, se convierte a los lugares en enclaves territoriales.

Los lugares de memoria suponen la implementación de políticas públicas, es decir prácticas de construcción de la memoria colectiva. Cuando esas políticas se concretan y se hace visible el uso en el pasado de ese sitio y la carga de simbolismo que presentan, se produce una marcación territorial. Esas marcas territoriales se visibilizan a partir de acciones concretas y reconvierten el sitio a partir de políticas, materializan la memoria en monumentos, placas recordatorias, museos, resignificación de espacios reveladores del pasado de esa comunidad.

Los objetos que se eligen para rememorar el pasado crean relaciones sociales en el presente, es decir el presente convoca el pasado y se materializa en el territorio. Objetos que se convierten en espacio y que tienen el poder de articular pasado, presente y futuroa través de su materialización. De este modo construyen historia pública y las decisiones respecto a la gestión de esos espacios, los convierten a su vez en objetos en disputa por los diferentes grupos (Nin, 2021).

La identificación de monumentos como sitios de memoria es el inicio de propuestas pedagógicas para abordar procesos complejos que merecen ser enseñados a partir de estrategias que habiliten miradas trans e interdisciplinarias. Éstas otorgan elementos de análisis espacial desde la convergencia de perspectivas sociológicas, antropológicas, históricas, geográficas e incluso económica. Es decir que el enfoque geohistórico
propicia la aplicación de metodologías de estudio del espacio geográfico desde la comprensión de sus complejidades.

Repensar narrativas

¿Qué supone revisar la Segunda Guerra Mundial desde la experiencia china? Desplazar el eje tradicional de la narrativa occidental del conflicto, mover el foco de la experiencia europea, el ascenso del nazismo, el Holocausto y el desembarco de los aliados, para que China deje de parecer un escenario periférico nos permite ampliar la mirada global de la actualidad.

El conflicto chino-japonés iniciado en 1937, constituyó uno de los procesos bélicos más extensos, sangrientos y decisivos del siglo XX. La invasión japonesa no solo transformó el territorio chino, sino que alteró las relaciones sociales, políticas y culturales que explicarían el triunfo comunista de 1949 y la configuración contemporánea de China como potencia global. La educación geopolítica y la enseñanza de la historia contemporánea acaso requieran incorporar estas miradas descentradas para comprender que las guerras no son solo enfrentamientos militares, sino también procesos de reorganización territorial, desplazamientos masivos, destrucción y resignificación de identidades colectivas.

Analizar la Segunda Guerra Mundial desde China permite comprender cómo la ocupación extranjera y la movilización popular redefinieron las relaciones entre Estado, territorio y sociedad. En este sentido, resulta fundamental la obra de Rana Mitter (2020), quien sostiene que el conflicto contra Japón fue el acontecimiento decisivo en la construcción de la China contemporánea porque produjo una transformación simultánea del nacionalismo, la legitimidad política y la conciencia territorial. La guerra convirtió a China en una nación
movida por la supervivencia y consolidó una memoria colectiva marcada por el sufrimiento, la resistencia y la humillación nacional.

Maurice Meisner interpreta este período como un momento clave para comprender el ascenso del comunismo chino y la posterior revolución. Para Meisner (2007), la guerra debilitó la estructura del gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek y permitió al Partido Comunista construir legitimidad política a través de su inserción territorial y campesina.

La invasión japonesa y la transformación del territorio chino

La ocupación japonesa de Manchuria en 1931 marcó el inicio de una expansión imperial que transformó el espacio. Japón buscaba recursos, mercados y control estratégico sobre el continente. La invasión a gran escala iniciada en 1937 profundizó esta lógica expansionista y convirtió regiones de China en escenarios de ocupación militar, violencia y desplazamientos humanos.

La guerra alteró profundamente las dinámicas espaciales del país, las ciudades costeras y los principales centros industriales quedaron bajo control japonés, mientras millones de personas huyeron hacia el interior. Chongqing, convertida en capital provisional del gobierno nacionalista, fue símbolo de la relocalización del poder político. No
casualmente estos mismos lugares se han convertido en motor y tablero de la modernización vigente.

Entre los episodios más traumáticos, se encuentra la masacre de Nanjing de 1937, donde tropas japonesas asesinaron a cientos de miles de civiles y prisioneros chinos. Este acontecimiento ocupa un lugar central en la memoria nacional china. La violencia ejercida sobre la población civil, violaciones, ejecuciones y destrucción, buscó quebrar moralmente a la sociedad china y demostrar el dominio del ocupante sobre el territorio conquistado.

Rana Mitter plantea que la guerra sino-japonesa debe entenderse no sólo como una invasión militar, sino como una experiencia de resistencia nacional que articuló identidades regionales y consolidó la imagen de una nación china moderna. La experiencia compartida del sufrimiento permitió construir un relato nacional unificado en un país históricamente fragmentado por guerras civiles, diversidad regional y disputas ideológicas.

Guerra, campesinado y revolución

La Segunda Guerra Mundial no sólo transformó el territorio; también modificó las relaciones sociales. Maurice Meisner (2007) sostiene que el conflicto debilitó decisivamente al gobierno nacionalista del Kuomintang. Aunque lideraba la resistencia contra Japón, el régimen de Chiang Kai-shek tuvo numerosos episodios de corrupción,
inflación y pérdida de legitimidad frente a amplios sectores de la población rural. El Partido Comunista Chino aprovechó la guerra para expandir su influencia territorial en el campo. Mientras los nacionalistas concentraban sus fuerzas en las ciudades y en grandes operaciones militares, los comunistas desarrollaron estrategias de guerra de guerrillas y construyeron redes de apoyo campesino. La reforma agraria, la disciplina militar y la cercanía con las comunidades rurales fortalecieron la legitimidad comunista en el norte chino.

Para Meisner, la revolución china no puede comprenderse como resultado de una ideología política; debe analizarse también como consecuencia de una reorganización territorial y social producida por la guerra. El campesinado, históricamente marginado por las élites urbanas, se convirtió en el actor central de la transformación revolucionaria. La ocupación japonesa y el colapso económico aceleraron el cambio
estructural.

La experiencia bélica también consolidó el liderazgo de Mao Zedong. La guerra permitió al Partido Comunista construir una narrativa heroica basada en la resistencia nacional y presentar al maoísmo como una alternativa política capaz de defender la soberanía china frente al imperialismo extranjero. En este sentido, la memoria de la
guerra fue posteriormente incorporada al discurso oficial de la República Popular China como fundamento de legitimidad política.

Memoria, trauma y nacionalismo en la China contemporánea

A diferencia de Europa, donde el recuerdo de la guerra suele articularse alrededor del antifascismo y el Holocausto, en China la narrativa dominante enfatiza la resistencia contra la agresión japonesa y el siglo de humillación sufrido frente a las potencias extranjeras. En este sentido, Rana Mitter señala que esta memoria cumple una doble función: por un lado, honra el sacrificio colectivo y las víctimas civiles; por otro, fortalece el
nacionalismo contemporáneo y legitima el rol del Estado como garante de la unidad territorial y la soberanía nacional. Museos, monumentos y producciones audiovisuales reconstruyen así el recuerdo de la ocupación japonesa convirtiendo el pasado traumático en un elemento constitutivo de la identidad nacional.

Analizar estas políticas de memoria implica comprender cómo los Estados producen representaciones territoriales del pasado. La memoria no es únicamente recuerdo; también es una herramienta política que organiza relatos sobre el territorio, define enemigos históricos y construye identidades colectivas.

En este contexto, la guerra aparece como una experiencia fundacional de la China moderna. El sufrimiento colectivo, las migraciones internas, la destrucción urbana y la resistencia campesina forman parte de una geografía histórica del trauma que estructura imaginarios políticos contemporáneos.

Literatura y representación del sufrimiento

Como sucede en otros procesos traumáticos del siglo XX, la literatura y los testimonios han desempeñado un papel fundamental en la construcción de memoria sobre la guerra en China. Las novelas, autobiografías y relatos de sobrevivientes permiten comprender dimensiones subjetivas que las estadísticas y los documentos oficiales no alcanzan a transmitir.

La violencia persiste en el tiempo si las palabras utilizadas para explicarlos minimizan o niegan los hechos, la crueldad de la realidad dificulta, en muchos casos, la denominación. Muestra de ello es el “artículo de 1967″ escrito por Hora Tomio, uno de los historiadores más destacados de la masacre de Nanjing, quien, a falta de una palabra adecuada en japonés, tuvo que recurrir a la transliteración de una palabra en inglés: «Nanjing atoroshitī» (La atrocidad de Nanjing)” (Cheng y Kumar, 2021, p. 9).

Tras décadas de silencio y ausencia de discusiones respecto a uno de los episodios brutales del contexto de la Segunda Guerra Mundial, en la década del noventa se publican varias investigaciones que demuestran que su estudio pendiente es relevante. Entre ellas, la escritora Iris Chang, nieta de sobrevivientes, publicó La Violación de
Nanking. El holocausto olvidado de la segunda Guerra Mundial Entrevista a supervivientes y análisis de documentos desclasificados conforman la trama del texto, que desde tres perspectivas diferentes: la de los soldados nipones, la de los civiles chinos y la de un grupo de europeos y norteamericanos que se negaron a abandonar la ciudad y lograron crear una pequeña zona de seguridad que salvó a casi 200.000 chinos. La autora considera que el silencio constituye una segunda violación.

La escritora Eileen Chang retrató en sus textos la fragilidad de la vida cotidiana durante la ocupación japonesa y las transformaciones afectivas producidas por la guerra. Por otro lado, autores contemporáneos como Yu Hua han explorado las huellas de la violencia política y las continuidades entre guerra, revolución y autoritarismo.
Los testimonios permiten reconstruir territorialidades traumáticas: ciudades destruidas, aldeas ocupadas, desplazamientos y espacios de resistencia.

Desde esta perspectiva, la literatura se convierte en un mapa emocional del conflicto. Las narrativas personales reponen nombres, experiencias y vínculos humanos frente a procesos históricos. Además, es posible poner en debate la perspectiva de género en relación a la construcción de memoria. Las experiencias violentas y traumáticas que vivieron mujeres, niños, niñas y también varones, se constituyen en objeto de estudio de la
construcción memoria colectiva y del enfoque de género. Ambos campos se enriquecen mutuamente con los aportes conceptuales que estimulan el diálogo y la reflexión a partir de la articulación de las dos perspectivas. En esta línea se propone reflexionar acerca de las violencias sexuales en contextos de violencia extrema. La toma de Nanjing fue escenario de violaciones, torturas, humillaciones a niñas, adolescentes, mujeres y ancianas. “Parte de la barbarie hacia la población civil quedó grabada en los famosos videos del misionero John Magee, quien logró preservar las cintas de las torturas a civiles tomadas con sus 16 mm” (Álvarez, 2025, p. 84).

Reflexiones

La enseñanza de estos procesos permite articular análisis múltiples: desde las dinámicas geopolíticas globales hasta las experiencias cotidianas de las personas que habitaron territorios atravesados por la guerra. El diálogo entre historia, geografía, política, sociedad y literatura favorece una comprensión más compleja de los conflictos
contemporáneos.

Abordar la Segunda Guerra Mundial desde la experiencia china implica cuestionar narrativas eurocéntricas y ampliar las perspectivas desde las cuales interpretamos el siglo XX. La guerra sino-japonesa muestra que los procesos bélicos no afectan únicamente fronteras; modifican profundamente la vida cotidiana, las identidades colectivas y la memoria social. El territorio se convierte en escenario de violencia, pero también de resistencia y reconstrucción.

La memoria histórica vinculada a la Segunda Guerra Mundial en China no solo ilumina el pasado, sino que contribuye a comprender problemáticas contemporáneas relacionadas con el nacionalismo, la soberanía territorial y las disputas por la memoria colectiva. Las masacres de Nanjing constituyen un acontecimiento fundamental para comprender las relaciones entre violencia, territorio, memoria y derechos humanos. Su
estudio desde la educación geográfica permite analizar cómo los conflictos armados transforman los espacios urbanos y cómo las sociedades construyen memorias colectivas sobre experiencias traumáticas. La enseñanza de Nanjing no debe limitarse a la transmisión de datos históricos, debe promover una reflexión crítica sobre las
consecuencias de la guerra, los discursos nacionalistas extremos y las violaciones sistemáticas de derechos humanos. La perspectiva de género resulta clave para articular las múltiples dimensiones mencionadas.

Asimismo, el análisis de las disputas memoriales en torno a Nanjíng evidencia que la memoria es un proceso político y territorial en permanente construcción. Los memoriales, museos y archivos no solo preservan el pasado, sino que también intervienen en las formas contemporáneas de comprender la historia y la justicia. Por lo tanto, la educación basada en memoria y derechos humanos constituye una herramienta indispensable para fortalecer culturas democráticas orientadas a la paz y a la no repetición de la violencia. Desde esta perspectiva, la educación geográfica aporta elementos esenciales para comprender las dimensiones espaciales del sufrimiento humano y para construir una ciudadanía crítica y comprometida con la defensa de los derechos fundamentales.

Referencias Bibliográficas

Alvarez, María del Pilar. (2025). Halmoni. La revolución de las Abuelas coreanas. Buenos Aires: Debate.
Chang, Iris. (2016). La Violación de Nanking. El holocausto olvidado de la Segunda Guerra Mundial. Capitán Swing. España.
Cheng, Anne (ed.); Kumar, Sanchit (ed.). (2021). Historians of Asia on Political Violence. New edition [online]. Paris: Collège de France. DOI: https://doi.org/10.4000/books.cdf.11180 .
Lavabre, Marie-Claire (2007). “Maurice Halbwachs y la sociología de la memoria” en Anne Pérotin-Dumon (dir) Historizar el pasado vivo en América Latina.
Meisner, Maurice (2007). La China de Mao y después. Una historia de la República Popular. Córdoba: Comunicarte.
Memorias Situadas (2026). Memorial a las víctimas de la masacre de Nanjing por parte de los invasores del Ejército japonés. CIPDH. Unesco. https://www.cipdh.gob.ar/memorias-situadas/lugar-de-memoria/memorial-a-las-victimas-de-la-masacre-de-nanjing-por-parte-de-los-invasores-del-ejercito-japones/
Mitter, Rana (2013). China’s War with Japan, 1937-1945: The Struggle for Survival. Londres: Penguin.
Mitter, Rana (2020). China’s Good War: How World War II Is Shaping a New Nationalism. Cambridge: Harvard University Press.
Nin, María Cristina. (2021). Aportes de la Geografía a la enseñanza de los genocidios y a la construcción de memoria colectiva.  Didáctica Geográfica, 22, 247- 273.  https://doi.org/10.21138/DG.629
Soja, Edward. (1996). Thirdspace. Oxford, UK and Cambridge: Mac Lakwell. Capítulo 2: “La trialéctica de la especialidad” (Traducción: Dpto Inglés – FCH – UNLPam).

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