Hablar de escenarios distópicos para la actualidad nacional es un ejercicio que se vuelve cada día más común. Al igual que suele ocurrir con la idea de crisis capitalista, cuando la distopía se vuelve cotidiana quizás sea tiempo de entenderla como parte de lo rutinario, como algo habitual. Como un conjunto de elementos que atraviesan un proceso de naturalización sin resistencias ni contratiempos, con diferentes alcances y tiempos de arraigo.
Que la minería de asteroides se haya vuelto una idea, que la start up californiana Reflect Orbital esté proponiendo la venta de luz solar, o que la idea de remolcar icebergs desde la Antártida esté nuevamente en estudio no difieren mucho, en su esencia, de antiguos proyectos de una humanidad que atemporalmente se desentiende de su rol y su vínculo con la naturaleza, como lo fueron en su momento la Atlantropa de Herman Sorgel (1928) o la idea de Petr Mikhailovich Borisov (1950), ambas buscando construir represas gigantes en el estrecho de Gibraltar y Bering respectivamente.
Esto, incluso, hasta nos parecería más aceptable.
Porque, claro está, las distopías actuales carecen de aquella faceta que mezclaba lo futurista con lo aventurero. Por lo contrario, tienen más que ver con los escenarios que construye la exacerbación de las lógicas del capital. Suelos productivos que no aportan alimentos para la población local. Cuerpos y cursos de agua ofrecidos para mineras. Ciudades que ven multiplicarse las viviendas vacías al ritmo que las calles se llenan de personas sin techo. Subrogación de vientres por motivos estéticos. Cuerpos enfermos y autoexplotados hasta bien pasada la edad jubilatoria como única alternativa al no querer morir de hambre.
Contradicciones, ficciones discursivas que habitan y se repiten en cada rincón de nuestra tierra, vendiendo un progreso que se desdice algunos segundos después.
Pero todavía hay más. Nuestra actualidad tiene poco de humanidad y mucho de castillo de naipes, poco de realidad y mucho de un enmascaramiento construido a la fuerza en una dimensión que se presenta como alternativa pero que –paradójicamente- produce y legitima más sentidos que la realidad misma. La duplicidad espectral, encarnada por esa virtualidad que todos habitamos y consumimos, es la madre de todas las distopías.
Los territorios virtuales: alcances e impactos
Para entender por qué nos referimos a la virtualidad de esa manera es necesario un primer paso: plantear el concepto de territorio virtual. Si nosotros entendemos que a partir del año 2008 –y con mayor énfasis desde el comienzo de la pandemia- la humanidad experimenta un giro virtual, consecuencia de la masificación y ampliación de plataformas, redes, aplicaciones y sistemas algorítmicos que le permiten construir una alteridad perfectamente funcional dentro de ellas; si entendemos que estas tecnologías han sido paulatinamente perfeccionadas y profesionalizadas, orientándose hacia lógicas productivo-extractivo-acumulativas; que la humanidad en dicha virtualidad accede en calidad de un consumidor-consumible capaz de multiplicar su fuerza de trabajo sin una remuneración garantizada; y que en función de todo lo anterior se producen nuevas formas de apropiación, circulación y organización de los sujetos, entonces resulta necesario preguntarnos como denominar a aquello que se está gestando allí.
Es justamente en este punto donde emerge el concepto de territorio virtual, entendido como un recorte espacial de geometría y temporalidad variable cuyo despliegue y acción se produce –en primer lugar- dentro de estos hábitats construidos por la tecnología digital. Si recordamos el meme del “como aparezco en Facebook, Instagram, Linkedin y Twitter” es posible tener una ligera aproximación a esta cuestión.
Pensar en este concepto es referirnos a un territorio en el que se organizan relaciones de poder, se anticipan, producen y legitiman sentidos, se movilizan formas de valor y se construyen mecanismos de acumulación plausibles de afectar a la materialidad tradicional. Estos territorios, a su vez, son alimentados, replicados y expandidos en una doble vía gracias a todos y cada uno de los usuarios –desde un influencer hasta una marca de ropa, pasando por alguna granja de bots de un partido político específico- que los constituyen e interactúan.
Si para los enfoques críticos/postmodernos de la geografía el territorio es el resultado de la acción de territorializar, y territorializar implica identificar, delimitar, controlar y usufructuar una porción del espacio durante un tiempo determinado, nos resulta más fácil aún entender como esto puede replicarse en la virtualidad, aunque con características diferentes: influenciar, identificar, controlar, usufructuar, replicar y expandir.
Influenciar implica intervenir sobre aquello que las personas ven, consumen, creen o hacen.
Identificar supone transformar comportamientos, vínculos y preferencias derivados de la etapa previa en información susceptible de ser clasificada.
Controlar supone avanzar sobre las condiciones de circulación de esa información (entiéndase gustos-afinidades-predilecciones) y sobre las posibilidades de acceso y visibilidad.
Usufructuar refiere a la apropiación económica, política o estratégica de los datos y comportamientos producidos.
Replicar permite trasladar una determinada operación a una escala mucho mayor, mientras que expandir supone llevar esas lógicas hacia nuevos sujetos, territorios y dimensiones de la vida social.
¿Qué es lo particular para estos territorios virtuales? Que la réplica y la expansión se hacen de forma automática, sin que quien se beneficia de esa circulación tenga que pagar proporcionalmente por cada nueva interacción, gracias a todos aquellos que integran ese territorio y que se “sienten parte” del mismo.
¿Acaso alguna vez pensaron a cuánto público llegó una foto que ustedes subieron de –supongamos- unas zapatillas recién compradas con un @, un # y una geolocalización, y cómo eso se traduce tanto en publicidad gratuita, en nuevos clientes y/o seguidores, como también en potenciales compras?
De allí que el territorio virtual no deba entenderse como un espacio autónomo respecto del territorio material. Ambos se encuentran permanentemente conectados, aunque esa conexión no sea simétrica. Una plataforma puede intervenir sobre la percepción que tenemos de un lugar; un algoritmo puede definir qué información adquiere visibilidad; una base de datos puede permitir la construcción de perfiles cada vez más precisos; una aplicación puede modificar prácticas laborales, comerciales o políticas.
Lo virtual, entonces, no constituye una dimensión paralela que simplemente duplica aquello que sucede en el mundo material. Interviene sobre él, lo reorganiza y, en determinadas circunstancias, puede incluso anticipar o condicionar aquello que allí ocurre. Esto último me obliga a repetir la pregunta del párrafo anterior, pero cambiando el objeto: ¿acaso alguna vez pensaron a cuánto público afín puede llegar –con todas sus interacciones posteriores- una frase de algún político en particular, sea verdadera o no?
Política 4.0: la campaña antes de la campaña
Volvamos por un momento a la pregunta con la que cerré el apartado anterior. ¿Qué diferencia existe entre la circulación de una fotografía de unas zapatillas recién compradas y la de una frase publicada por un dirigente político? A primera vista, ambas pueden compartir mecanismos de difusión, multiplicarse mediante interacciones y alcanzar públicos que exceden ampliamente el círculo inicial de quienes las producen.
Sin embargo, los sentidos que se construyen alrededor de ellas, los intereses que movilizan y las consecuencias que pueden derivarse de su circulación son diferentes. Mientras una publicación comercial puede orientar una compra, una intervención política participa de una disputa mucho más amplia por la interpretación de la realidad, la construcción de afinidades y la legitimación de determinadas formas de organizar la vida social. Esto no significa que una compra sea una acción carente de implicancias políticas, ni que una publicación partidaria produzca necesariamente adhesión.
Lo importante es comprender que, en ambos casos, la circulación constituye apenas una parte de un proceso cuyo alcance depende de las relaciones que se construyen alrededor de aquello que circula.
Entre la visibilidad y la decisión hay mediaciones, apropiaciones, resistencias y contextos territoriales diferentes. Una publicación puede alcanzar miles de interacciones sin modificar las posiciones de quienes la reciben, del mismo modo que un mensaje inicialmente marginal puede adquirir relevancia a partir de una coyuntura determinada. La exposición reiterada a una idea tampoco garantiza su aceptación, aunque puede contribuir a instalarla, volverla reconocible o incorporarla al repertorio de argumentos disponibles para interpretar un acontecimiento.
En este sentido no busco generalizar y decir que las redes sociales controlan automáticamente las decisiones políticas. Lo que sí se vuelve necesario visibilizar es el poder reconocer que las infraestructuras digitales intervienen sobre las condiciones en las que determinados discursos se vuelven visibles, adquieren legitimidad y entran en disputa con otros.
Lo trascendental, si lo pensamos en clave territorial, pasa entonces por establecer quiénes tienen controlan esos territorios y –por extensión- quiénes tienen capacidad para intervenir en esas condiciones, mediante qué recursos lo hacen y qué posibilidades tienen los demás actores de disputar esa intervención.
Es en este escenario donde podemos situar aquello que propongo denominar política 4.0. Vale hacer acá una aclaración, puesto que con esta denominación no pretendo referirme simplemente a la incorporación de redes sociales, plataformas digitales o herramientas de inteligencia artificial a las campañas electorales, como si se tratara de una actualización técnica de procedimientos que permanecen inalterados.
Por lo contrario, la cuestión es más amplia y tiene que ver con la posibilidad de organizar la disputa política a partir de la identificación de públicos, la administración de la visibilidad, la producción de información sobre los comportamientos de los usuarios y la intervención sobre los sentidos que circulan en los territorios virtuales. Bajo estas condiciones, la campaña puede comenzar mucho antes de la presentación de candidaturas o de la difusión de una plataforma electoral.
¿Por qué? Porque mediante esta “nueva” dimensión se construyen afinidades, se delimitan adversarios, se instalan temas y se producen formas de reconocimiento que preparan el terreno sobre el cual se desarrollará la competencia política. La campaña antes de la campaña no habla de una estrategia clara y centralizada que controle cada una de estas operaciones. Habla de una construcción mucho más amplia y distribuida en los tiempos y espacios de la virtualidad, con actores diversos e infraestructuras que permanecen activas incluso cuando no hay una elección en curso.
Una primera vertiente de estas prácticas se relaciona con la intervención sobre la circulación y la visibilidad de los contenidos. El hashtagging, por ejemplo, permite agrupar publicaciones bajo una misma etiqueta, asociarlas a una conversación y facilitar que diferentes usuarios se reconozcan como parte de una discusión compartida. En determinadas circunstancias, esa operación contribuye a instalar una consigna, coordinar una intervención colectiva o vincular acontecimientos que de otro modo permanecerían dispersos.
El flooding, por su parte, consiste en inundar un espacio de comunicación con una gran cantidad de mensajes, publicaciones o respuestas, hasta alterar las condiciones en las que se desarrolla la conversación. En este caso, su efecto depende tanto del volumen producido como también de la capacidad de desplazar otros contenidos, saturar una discusión o generar la impresión de que una posición cuenta con un respaldo social mayor del que efectivamente tiene.
Ambas prácticas pueden ser utilizadas por actores con objetivos y orientaciones muy diferentes; lo relevante para este argumento es su capacidad para intervenir sobre las condiciones de visibilidad y reconocimiento dentro de un territorio virtual.
El microtargeting introduce una dimensión adicional, porque permite orientar mensajes hacia segmentos específicos de una audiencia a partir de información sobre sus características, intereses, comportamientos o preferencias. En lugar de dirigir una misma comunicación a un público indiferenciado, se procura establecer qué contenidos, qué perfil de emisores y qué nivel de elaboración podrían resultar relevantes para un determinado grupo y así adaptar su circulación a esas diferencias.
El interés de esta operación, desde el punto de vista de los territorios virtuales, reside en que la información acumulada sobre los sujetos puede utilizarse para organizar diferentes circuitos de comunicación, haciendo que una misma fuerza política se presente de maneras distintas ante públicos que no necesariamente reciben los mismos argumentos.
El problema adquiere otra dimensión cuando estas operaciones se observan en conjunto. La identificación de afinidades puede orientar la selección de contenidos; la circulación reiterada puede reforzar su presencia; la información producida por las interacciones permite reconocer respuestas y ajustar intervenciones posteriores.
Se configura así un circuito de retroalimentación en el que las prácticas de los usuarios alimentan nuevas decisiones sobre aquello que se publica, se promueve o se vuelve visible. Esto no supone que todos los procesos estén coordinados ni que cada interacción responda a una planificación previa. Significa que las infraestructuras digitales ofrecen condiciones para observar comportamientos, intervenir sobre ellos y utilizar las respuestas obtenidas como insumo para nuevas operaciones.
De esta forma, una campaña política abandona el formato regido por un calendario y comienza a desplegarse como una práctica sostenida de producción de información, sentidos y vínculos que, conforme avanzan los años, se infiltra cada vez más en el subconsciente del electorado.
Pero existe una segunda vertiente que me interesa especialmente, porque permite avanzar más allá de la circulación de mensajes y de la segmentación de audiencias. ¿Qué ocurre cuando la información disponible sobre los usuarios permite construir una representación de cómo son, qué les preocupa, qué consumen, qué rechazan y con qué discursos podrían identificarse? Podemos pensar esta operación, con las debidas precauciones, a partir de la noción weberiana de tipo ideal. Trasladada al terreno de la comunicación política digital, esta idea permite pensar la elaboración de perfiles compuestos que condensan características, afinidades, expectativas y formas de interpretar el mundo, a partir de las cuales se diseñan mensajes dirigidos a públicos específicos.
La cuestión es que esa representación puede comenzar a operar como un modelo de referencia para la propia intervención política. Si se construye un perfil de sujeto preocupado por la inseguridad, otro atravesado por la pérdida de poder adquisitivo y otro identificado con determinadas referencias culturales o territoriales, es posible organizar comunicaciones que interpelen esas preocupaciones de maneras diferentes.
No hace falta que cada perfil describa fielmente a una persona concreta para que resulte funcional como herramienta de comunicación. Su utilidad reside, precisamente, en seleccionar algunos rasgos y convertirlos en una representación operativa que puede orientar decisiones comunicacionales para un público potencial. Esas decisiones, a su vez, intervienen sobre las formas en que los sujetos son convocados a reconocerse políticamente.
No obstante, esto nos lleva hacia una aclaración necesaria: aquí aparece una diferencia decisiva entre adaptar un mensaje a un público y construir una figura que encarne aquello con lo que ese público podría identificarse. En el primer caso, el sujeto ya existe como destinatario y la estrategia procura seleccionar los argumentos, las imágenes o los formatos que podrían captar su atención. En el segundo, la intervención –gracias a las tecnologías disponibles en la actualidad- puede avanzar hacia la elaboración de una identidad que reúna los atributos asociados a determinadas expectativas sociales.
Esa identidad podría adquirir una apariencia, una biografía, un lenguaje y una geografía que en su conjunto sea capaz de presentarla como alguien próximo, reconocible y digno de confianza. Y esta cuestión abre la puerta a un universo de posibilidades, todas ellas problemáticas, porque ¿qué sucede cuando la política puede diseñar a gusto y placer mensaje y emisor?
De IT a Lucía Libertaria
Santiago Oría, cineasta devenido estratega de comunicación de Javier Milei, quedó cautivado por una joven que aparecía en Instagram defendiendo al gobierno argentino. Le pareció inteligente, elocuente y muy hermosa; incluso sugirió que había que darle mayor protagonismo en la discusión política local. Pero había un detalle que Oría todavía desconocía: Lucía Libertaria no existía. Era una influencer creada mediante inteligencia artificial.
Cuando el improvisado Oría se enteró dijo haber perdido el interés, aunque consideró que no había “nada malo” en el asunto. La anécdota fue reconstruida por el diario norteamericano The New York Times en septiembre de 2026, en un artículo sobre la apuesta de Milei por convertir a la Argentina en un refugio para el desarrollo de la inteligencia artificial con escasa regulación. Al margen de lo que sucede a este párrafo, la Oría´s experience nos debería interpelar sobre esa escasez.
Pero no vayamos a pensar que el objeto de atracción del asesor es una excepción. En lo inmediato, Lucía tiene una compañera de escena: Julia Riojana. Ambas se presentan como jóvenes con opiniones políticas, gustos, recorridos y una vida cotidiana que transcurre entre fotografías, videos y comentarios sobre la actualidad, buscando instalar una puesta en escena en donde las opiniones que difunden son parte de una biografía personal. Lucía defiende al gobierno nacional y cuestiona al kirchnerismo; Julia hace lo propio desde una identidad anclada en La Rioja, donde también critica al gobernador Ricardo Quintela.
Ahora bien, si indagamos en las redes, estos personajes se replican a diestra y siniestra encarnando –tanto hombres como mujeres- un repertorio variado de lugares de origen, aspectos, afinidades y, como quien no quiere la cosa, un mensaje político claro. ¿Lo más llamativo? Ninguna de estas cuentas informa con claridad que se trata de identidades artificiales.
Estos fenómenos nos muestran la irrupción de una dinámica relativamente novedosa. Ya no tenemos un personaje que repite un mensaje específico: construyen a la persona que supuestamente los sostiene. La opinión política aparece ligada a un rostro, una voz, una edad, un lugar de residencia y una serie de experiencias que permiten reconocer en quien habla a alguien parecido a nosotros, o al menos a alguien con quien podríamos compartir determinadas ideas. En lugar de una propaganda que se presenta como tal, es un coterráneo que parece contarte sus propias conclusiones. Esto redobla la apuesta, ya que en estas estrategias la artificialidad no reside en el argumento, sino en la identidad que lo encarna.
Cruzando la frontera argentina, aparece otra historia. Doña María es una mujer negra, mayor, de gestos enfáticos y lenguaje coloquial, que se hizo conocida en Brasil por sus videos contra Lula da Silva y ministros del Supremo Tribunal Federal. El personaje, generado mediante inteligencia artificial, acumuló millones de visualizaciones y una cantidad de interacciones comparable con la de figuras políticas tradicionales. En abril de 2026, los partidos PT, PV y PCdoB solicitaron al Tribunal Superior Electoral brasileño que interviniera sobre sus cuentas, al considerar que difundían contenidos engañosos contra el presidente y sus aliados.
Pero Doña María tiene una particularidad que vuelve el caso todavía más interesante. En abril de ese mismo año, el Observatorio IA nas Eleições documentó la circulación de videos que utilizaban una figura con las mismas características para elogiar al gobierno de Lula, con mensajes que contrastaban con los contenidos críticos que habían popularizado al personaje. Esto no permite afirmar que una única cuenta hubiera cambiado de posición ni que existiera una operación coordinada detrás de todas las publicaciones, pero sí permite observar algo más inquietante: una identidad sintética puede ser reproducida y puesta al servicio de discursos políticos diferentes, incluso enfrentados.
Lucía, Julia y Doña María no son necesariamente parte de una misma estrategia, ni hay elementos suficientes para atribuirles una dirección común. Sin embargo, los tres casos permiten reconocer una transformación en las formas de producir presencia política. La inteligencia artificial generativa reduce las dificultades técnicas y económicas para crear una figura verosímil, dotarla de una voz y sostener su aparición regular en las redes, incluso –dejando de lado que pueda ser considerado como una persona real- puede ser replicado y reutilizado por otros actores, con sentidos distintos de los originales.
Hasta acá, podría parecer un problema de engaño o de transparencia. Y lo es, claro está, pero no se agota ahí. Una identidad artificial no necesita convencer a todo el mundo de que es real para intervenir en una conversación política. Puede despertar adhesiones, organizar rechazos, producir comentarios, circular fuera de su cuenta de origen y contribuir a instalar determinados temas.
Sus efectos no son necesariamente artificiales por el hecho de que lo sea el personaje. La pregunta aparece cuando observamos cómo estas figuras construyen una pertenencia, desde dónde parecen hablar y con qué públicos pueden establecer una relación: ¿qué impactos producen estos territorios virtuales cuando una identidad que no tiene existencia material como persona consigue ocupar un lugar reconocible en la conversación pública?
Para avanzar con esta pregunta, me interesa recuperar una ficción bastante anterior a la inteligencia artificial generativa. En el año 1986, Stephen King escribió IT. Recientemente renovada y masificada, la historia nos cuenta la historia de una entidad maligna (un shapeshifter) que aparece cada 27 años en el pueblo de Derry para alimentarse del miedo de los niños. Esta entidad, encarnada mayoritariamente en la figura de un payaso llamado Pennywise, nos presenta una pequeña cuestión: no hay un malo en esta novela, sino el mal. Y ese mal, para asegurar su supervivencia, entiende, conoce y aprende cuáles son los miedos de cada chico del pueblo para presentarse en una forma específica, la más terrorífica posible, para saciar sus necesidades. No hay dos miedos iguales, ni dos caras iguales en todo esto. Hay especificidad. Hay selectividad. Y hay toda una estructura cognitiva que converge en la construcción de esa imagen.
Llámese ficción, o ciencia ficción. Pero la comparativa entre IT y una entidad algorítmica que construye esa mímesis de un paisano que te interpela a través de sus experiencias es inmediata. No hay miedos, sino construcción de sentidos. No hay payasos, sino figuras carismáticas. En cuanto al mal…
Gracias a las IAG´s, puede haber tantos bots como mensajes sean necesarios emitir. Everything, everywhere, all at once. Sin agenda electoral, sin calendario, pero sin descanso. La capilaridad y la intensidad de estas dinámicas desmenuza cualquier tipo de competencia política material tradicional de timbre y calle, de militancia y bandera, por la asimetría de posibilidades humanas y espaciotemporales, por la incomparable capacidad de replicarse exponencialmente y por contar, por supuesto, con un aparato detrás que promptea y conduce, dejando en manos de la resonancia la garantía del resultado.
Envases vacíos
Quizás a esta altura ya pueda parecer demasiado. Pero créanme, la cuestión puede llevarse todavía un paso más allá. Porque si hasta aquí venimos hablando de inteligencias artificiales capaces de construir identidades que parecen humanas, también deberíamos preguntarnos qué sucede del otro lado de esa relación. Es decir: ¿qué ocurre con nosotros cuando comenzamos a delegar progresivamente en sistemas artificiales operaciones que hasta hace poco reconocíamos como propias?
Éric Sadin ha trabajado esta cuestión en La vida espectral (2024) y, con particular énfasis, en El desierto de nosotros mismos (2026), donde plantea que la expansión de la inteligencia artificial puede ser comprendida como una nueva forma de acumulación por desposesión. Si el capitalismo ha desarrollado históricamente mecanismos para apropiarse de tierras, recursos, cuerpos, trabajo, tiempo y datos, podríamos estar frente a una instancia todavía más íntima: la apropiación progresiva de nuestras propias capacidades cognitivas.
Con esto no quiere decir el autor que una máquina pueda hacer algo que antes hacíamos nosotros. Eso ya sucede desde hace décadas. La cosa cambia cuando comenzamos a trasladarle operaciones que intervienen directamente en nuestra capacidad de interpretar, decidir, recordar, escribir, seleccionar, comparar o producir sentidos. Allí aparece lo que otros autores han denominado delegación cognitiva: una transferencia gradual de determinadas funciones intelectuales hacia sistemas que además de ejecutar instrucciones que también pueden sugerir aquello que deberíamos pensar, elegir o hacer a continuación.
La diferencia parece pequeña, pero no lo es. Una calculadora puede resolver una cuenta que antes hacíamos manualmente. Un buscador puede ayudarnos a encontrar información que desconocemos. Pero una inteligencia artificial puede redactar aquello que queremos decir antes de que terminemos de formularlo, seleccionar las alternativas que considera pertinentes, resumir aquello que no hemos leído, recomendar aquello que deberíamos consumir o transformar una inquietud todavía imprecisa en una respuesta aparentemente acabada y certera.
La operación resulta particularmente significativa porque suele presentarse como una ganancia de tiempo, comodidad o eficiencia. Y efectivamente puede serlo. El problema aparece cuando esa comodidad deja de funcionar como una herramienta complementaria y comienza a reemplazar la práctica que hacía posible desarrollar determinada capacidad.
En ese sentido, el riesgo no consiste en que la inteligencia artificial piense por nosotros de manera repentina. Es bastante más silencioso. Consiste en que, poco a poco, dejemos de considerar necesario hacerlo.
Volvamos entonces a los territorios virtuales. Si estos territorios se alimentan de nuestras interacciones, preferencias, decisiones y comportamientos, la delegación cognitiva produce una paradoja interesante: cuanta más información entregamos para que los sistemas puedan conocernos, más eficaces se vuelven para intervenir sobre nosotros; y cuanto más confiamos en esos sistemas para organizar determinadas operaciones, más información producen sobre las formas en que estamos dispuestos a delegar. El circuito comienza a cerrarse. El dicho del “estoy entrenando al algoritmo”, también.
Desde este punto de vista, ya no se refiere al hecho de que una plataforma sepa qué nos gusta. Puede comenzar a anticipar qué podríamos elegir. Dejemos de lado nuestra preferencia política. Bajo este enfoque, es posible inferir que una IA pueda identificar qué formulación resulta más adecuada para interpelarlas. Observar nuestras reacciones y producir nuevos contenidos a partir de esas reacciones.
La inteligencia artificial introduce así una capacidad de retroalimentación que vuelve cada vez más difusa la frontera entre conocer al sujeto, interpretarlo y producir las condiciones para que actúe de determinada manera. Y aquí el concepto de envase vacío adquiere otra dimensión. No porque las personas dejemos de tener pensamientos, deseos o capacidad de decisión, ni porque una inteligencia artificial vaya a sustituir automáticamente nuestra subjetividad. La realidad es más cruel e incómoda: podemos comenzar a vaciar determinadas funciones sin percibir necesariamente ese vaciamiento como una pérdida, resguardando para nosotros –abrazado fuerte y sin soltar- la sensación de que somos nosotros quienes decidimos.
La política no queda fuera de este proceso. Si podemos delegar parte de nuestras capacidades cognitivas en sistemas artificiales, también podemos comenzar a delegar en ellos la construcción de nuestras propias representaciones políticas.
¿A cuánto estamos de ser gobernados por un algoritmo?
La respuesta a esta pregunta se encuentra probablemente bastante más lejos de lo que sugiere, si imaginamos una inteligencia artificial ocupando el despacho de un presidente, firmando decretos y pronunciando discursos frente a una cámara. Pero quizás mucho más cerca si dejamos de pensar en el algoritmo como gobernante y comenzamos a pensarlo como productor de aquello que reconocemos como liderazgo político. Quizás estos años electorales sean los últimos en los que asistamos a una disputa relativamente reconocible entre una “vieja política” material, obligada a intervenir sobre las condiciones concretas de existencia, y una “nueva política” virtual, cuya eficacia puede medirse crecientemente en términos de resonancia, identificación y capacidad de ocupar la atención.
No hablo de que una reemplace inmediatamente a la otra, sino de ambas operan sobre registros diferentes de la experiencia social. Los resultados –difícil atribuir todo a una única razón, pero tampoco podemos pasarla por alto- parecen reflejar una cuestión compleja: los territorios virtuales podrían estar logrando una escisión permanente entre aquello que nos permite habitar esta realidad y aquello que creemos habitar en redes.
Imaginemos, por un momento, un candidato que no envejece, no se enferma, no duerme y puede hablar simultáneamente con millones de personas. Un candidato capaz de modificar su apariencia, su tono, sus referencias y hasta su historia personal de acuerdo con quien se encuentra del otro lado de la pantalla. Un candidato que sabe qué preocupa a cada persona porque esa información constituye el insumo permanente de su propia existencia política. Un IT devenido gestor y conductor de masas no sería exactamente un candidato. Pasaría a ser un avatar cuyo principal atributo sería la capacidad de resultar likeable.
Ni ideología, ni experiencia, ni oratoria. Un avatar político podría presentarse como alguien de nuestra edad, compartir nuestras referencias culturales, vivir aparentemente en nuestro barrio, hablar con nuestro acento, escuchar nuestra música, indignarse frente a aquello que nos indigna y celebrar aquello que celebramos. Para un público podría mostrarse liberal; para otro, progresista. Para algunos podría enfatizar la seguridad; para otros, el empleo; para otros, la cuestión ambiental. Una figura cuya identidad podría construirse en tiempo real a partir de aquello que cada territorio virtual identifica como relevante.
La política 4.0 alcanzaría allí una forma particularmente extraña. Si se sistematiza y naturaliza en la población el triunfo de la realidad virtual sobre la física (es decir, priorizar un like antes que una heladera llena), el paso que le sigue al microtargeting y a las Lucías Libertarias sería construir un mismo y único actor político capaz de ser diferente para cada uno de nosotros. Cinco, diez, quince avatares con asiento en la nube de una misma empresa.
Lejos del “síganme, no los voy a defraudar”, bajo esta lógica bastaría con que el sistema aprendiera a construir una versión de sí mismo que nos resultara suficientemente familiar como para que quisiéramos hacerlo. Y en vista de las derivas latinoamericanas, fragmentadas, reprimarizadas, reperiferizadas y vueltas a colocar entre los límites de un hegemón que se resiste a su caída, esta es una discusión que deja de ser futurista y/o especulativa para convertirse en una discusión central que necesitamos comenzar a dar con urgencia.






