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A todo te acostumbrás

A la tristeza. te acostumbrás
A la rutina te acostumbrás
A la pobreza te acostumbrás
A la derrota también te acostumbrás

Arbolito

Adivinanza: existe un sonido fuerte y molesto en las ciudades, habitualmente afinado en SI bemol, que jamás pasa desapercibido para los transeúntes. Estés donde estés, lo vas a escuchar porque es tan estridente que por momentos te deja tieso. Te dan ganas de estar adentro, pero no afuera ¿Lo sacaron? Imagino que sí.

Cuando visitamos la casa de un amigo o un familiar que vive cerca de las vías o de una estación de trenes, no podemos creer lo insoportable que resulta vivir cerca de semejante ruido. Es que las bocinas de los trenes irrumpen con un grito ronco que desgarra el aire, es insistente, no pide permiso, como si la ciudad fuera un cuerpo que debe despertar a la fuerza. Ese sonido metálico se cuela entre las conversaciones, atraviesa las paredes, se instala en los oídos como un eco imposible de ignorar. No anuncia solo un paso, sino una interrupción: la del silencio, del pensamiento, del ritmo propio urbano. Y en su repetición, áspera y obstinada, deja una estela de fastidio que vibra incluso después de que el tren ya se ha ido.

Pero para nuestros amigos y familiares, todo resulta muy cotidiano y natural.

  • ¿Cómo no te molesta? Les preguntamos.
  • Ni nos damos cuenta. Nos responden.

Para quienes viven cerca de ese ruido, la bocina ya no irrumpe: se vuelve paisaje. Es un sonido que se domestica a fuerza de repetición, que se diluye en la rutina hasta volverse casi invisible, como el zumbido constante de una ciudad que nunca calla. La incorporan al pulso cotidiano, la mezclan con el mate, con el estudio, con el trabajo, con la charla, con el sueño entrecortado de un bebé. Y, sin embargo, en esa naturalización hay algo de renuncia: un aceptar que el estruendo forme parte de la cotidianidad del hogar, haciendo que lo que alguna vez fue molestia se vuelva costumbre, como si el oído aprendiera a ceder para que la vida siga.

Bueno, lo mismo está pasando con la indigencia urbana. Para quienes tenemos sensibilidad social, nos resulta insoportable de ver en las calles, nos entristece esa situación habitacional, nos genera impotencia no poder hacer nada, nos deja pensando mucho tiempo sobre las causas que hicieron que esa familia esté durmiendo en un colchón o un cartón en la vereda. Intentamos ayudar o conversar con ellos, a sabiendas de que ese aporte no cambiará en nada su estado estructural. Pero para la gran mayoría de los citadinos, esa situación ya forma parte del paisaje urbano. “Pobres hubo siempre”, “Gente que no se preocupa en bañarse y mucho menos, en buscar un trabajo”, “Vagos acostumbrados a pedir”, “Hay que enseñarles a pescar, no darles el pescado”, entre otras frases y opiniones que escuchamos muy a menudo.

Poco se detiene esa gente a pensar por qué esa otra gente está ahí. Qué los llevó a esa situación o qué será de ellos en el futuro. En qué medida las políticas públicas (por acción o por omisión) generaron esa situación y por qué razón en los últimos años el problema se agravó. Entonces se normaliza, se naturaliza. Como todo lo malo en estos tiempos distópicos: el insulto, el desprecio, la humillación, la deshumanización, la exclusión como moneda corriente y como forma de relacionarnos entre nosotros. Porque, como dijo Martín Kohan, “la crueldad está de moda”. Entonces no solo alcanza con naturalizar ese “paisaje”, sino que se vitorea cuando algún intendente y su fuerza de choque deciden hacer volar por los aires los pocos elementos que esas personas tienen en su situación de calle.

No confundir: quien escribe esta nota no romantiza la pobreza ni quiere que esas personas estén en la calle sin que los saquen. Solo brega por políticas estructurales que permitan que esas personas tengan acceso a un trabajo, una vivienda y condiciones materiales para subsistir, así como políticas coyunturales que permitan que esas personas no se encuentren a la intemperie, sino que puedan acceder a lo mínimo indispensable para poder vivir. Sabemos que esos lugares existen, pero no en las mejores condiciones ni con los mejores tratos.

Por eso, ahí están: como los edificios, las iglesias, las señales de tránsito y el alumbrado público; las personas durmiendo o pidiendo. Pero ya no es asunto nuestro, porque forman parte de la vida urbana. ¿Será que podamos encontrar una solución a esto? Bajo el capitalismo, lo veo difícil.

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