Inicio / Malvinas / Malvinas y el espejismo del apoyo norteamericano

Malvinas y el espejismo del apoyo norteamericano

Desde la Resolución 2065 de la ONU en 1965, Estados Unidos jamás sostuvo de manera consistente una posición favorable a la soberanía argentina sobre Malvinas. Incluso se abstuvo en la votación de la resolución que reconoció la disputa. Por eso, cualquier aparente giro actual debería leerse menos como un acto de solidaridad diplomática y más como parte de una reconfiguración geopolítica global. La pregunta es inevitable: ¿estamos frente a un verdadero cambio histórico o ante una nueva jugada del ajedrez global?

El problema empieza cuando desde “estos sures” se interpreta cualquier guiño de Washington como un triunfo soberano. Ahí es donde conviene bajar la euforia y recuperar algo de lectura geopolítica. Porque las potencias no actúan por simpatía, justicia histórica o afinidad cultural. Actúan por intereses.

Y hoy los intereses están cambiando rápido.

El Atlántico Sur dejó hace tiempo de ser un espacio periférico. La creciente disputa por recursos estratégicos, el petróleo offshore, el control de rutas marítimas, la proyección hacia la Antártida y la competencia global entre Estados Unidos y China transformaron a la región en un territorio de enorme valor geopolítico. Malvinas, en ese contexto, vuelve a ocupar un lugar central.

Pero además, hay otro elemento que no puede separarse del escenario actual: la creciente conflictividad en Asia Occidental y el alineamiento internacional del gobierno argentino. La escalada bélica en torno a Irán y el respaldo incondicional del gobierno de Javier Milei hacia Israel y Estados Unidos no son datos menores. La política exterior argentina dejó de sostener posiciones relativamente autónomas para adoptar una lógica de alineamiento pleno con los intereses occidentales.

Y eso también reconfigura la cuestión Malvinas. Porque sería ingenuo creer que cualquier acercamiento estadounidense hacia la posición argentina responde a un repentino reconocimiento del reclamo histórico a escala internacional. Lo que aparece detrás es otra lógica: asegurar influencia territorial, militar y económica en el extremo sur del continente en un contexto global cada vez más inestable.

La política exterior del gobierno de Javier Milei ayuda a entender este escenario. Su alineamiento explícito con Estados Unidos e Israel no es solamente ideológico. También funciona como una reconfiguración estratégica de la inserción internacional argentina. En ese marco aparecen temas sensibles: el creciente interés estadounidense sobre la infraestructura logística y portuaria de Tierra del Fuego; la disputa por el control geopolítico del Atlántico Sur y la Antártida; la apertura acelerada a capitales transnacionales, y una serie de reformas económicas orientadas a garantizar condiciones cada vez más favorables para grandes corporaciones internacionales.

El modelo neoextractivista

Las recientes modificaciones impulsadas por el gobierno sobre la Ley de Glaciares, orientadas a flexibilizar restricciones para actividades mineras en zonas periglaciares, muestran con claridad hacia dónde apunta el proyecto económico actual.

El discurso oficial habla de inversiones, desarrollo y modernización. Pero detrás de esa narrativa aparece una lógica conocida en América Latina: la acumulación por desposesión. Es decir, la transferencia de bienes comunes estratégicos (agua, minerales, energía, territorios) hacia grandes actores privados y corporaciones internacionales. En nombre de la competitividad global, se debilitan marcos regulatorios ambientales y se profundiza la dependencia económica.

En ese sentido, Malvinas no puede pensarse aislada de la disputa por el Atlántico Sur. El petróleo offshore es uno de los grandes temas silenciados del debate público argentino. Mientras se multiplican las exploraciones y concesiones, el riesgo es que la causa soberana termine subordinada a una lógica extractiva global donde los recursos estratégicos quedan cada vez más en manos privadas o extranjeras.

Por ello, la contradicción es evidente: se reivindica discursivamente la soberanía mientras se profundizan políticas que facilitan la extranjerización económica y la dependencia geopolítica.

Ahí aparece uno de los puntos más delicados del debate actual. Defender Malvinas no puede limitarse a repetir consignas patrióticas vacías o celebrar apoyos externos sin preguntarse cuáles son las condiciones de ese respaldo. La soberanía no es solamente una bandera. También implica control de recursos, autonomía política y capacidad de decisión sobre el territorio.

El tablero mundial se está moviendo constantemente. Las alianzas cambian, las potencias negocian y los intereses se reorganizan. En geopolítica casi nunca existen los “jaques mates” definitivos. Lo que existen son movimientos tácticos, reposicionamientos y disputas abiertas. Por eso conviene desconfiar de las lecturas triunfalistas.

Estados Unidos no abandona a Gran Bretaña porque sí. Mucho menos en un territorio estratégico como el Atlántico Sur. Si aparecen nuevos matices diplomáticos, probablemente respondan a una necesidad de ampliar márgenes de influencia sobre Argentina en un contexto internacional cada vez más competitivo.

La discusión de fondo entonces no es si Washington “nos apoya” o no. La verdadera discusión es bajo qué condiciones se construyen esas relaciones internacionales y qué lugar ocupa Argentina dentro de ese esquema. Porque una soberanía negociada desde la dependencia económica puede terminar siendo apenas otra forma de subordinación.

Es así que Malvinas siempre fue mucho más que una disputa territorial. También es una discusión sobre el modelo de país, el control de los bienes comunes y el lugar de Argentina en el orden mundial. Y quizás ahí esté hoy el debate más urgente.

Etiquetado:

Deje un comentario