La geografía, entendida tradicionalmente como el estudio del espacio físico, ha ampliado sus horizontes al incorporar dimensiones subjetivas y sociales. Sin proponerse un arduo abordaje epistemológico de la disciplina, este artículo considera indispensable referir a la perspectiva que da sustento a esta columna. La geografía de la percepción – o del comportamiento – propone analizar el espacio no solo como una realidad material, sino también como una construcción simbólica elaborada a partir de las experiencias, las emociones, la participación y las prácticas cotidianas de los sujetos. Desde esta mirada, Yi Fu Tuan (1930 – 2022) analiza como el espacio, a través de un vínculo emocional, se configura en la forma en que es vivido, sentido, interpretado y resignificado por quienes lo habitan.
De esta forma, el territorio, lejos de ser aquel mero receptáculo o un simple soporte físico-pasivo geográfico, puede comprenderse – a partir del surgimiento de las geografías críticas a fines de la década del ’60 – como un conjunto de relaciones sociales. En él se inscriben vínculos de poder, desigualdades económicas, identidades culturales y procesos históricos. Es, por lo tanto, una construcción dinámica-multidimensional que se transforma a medida que cambian las relaciones sociales que lo producen y lo disputan. En este entramado, el rocanrol emerge (inicialmente dentro de la cultura musical), como un movimiento popular profundamente ligado al territorio y a la percepción. Desde sus orígenes, el rock ha sido una forma de expresión de sectores juveniles y populares que encontraron en la música un lenguaje para narrar sus experiencias cotidianas. Los encuentros, el trabajo independiente – y auto gestionado – los lazos comunitarios y el tejido socio cultural que se configura en torno a él, no solo dieron origen a una estética musical, sino también a formas alternativas de apropiación del espacio.
Esta dinámica permite comprender la construcción de territorios simbólicos a partir de sentimientos sumamente ligados a los lugares. Una esquina, una canción, recorridos urbanos, sensaciones de pertenencia o exclusión, y las experiencias compartidas configuran mapas afectivos. Es decir, a través de la música, ciertos espacios adquieren significados particulares y se convierten en referentes identitarios para quienes participan de la cultura rocker.
Como movimiento popular, el rocanrol también cumple una función social, fortaleciendo enlaces comunitarios y visibilizando conflictos. En muchos contextos, ha sido una herramienta de denuncia, resistencia, mensajes contestatarios, comunicación protestante y construcción de identidad colectiva. Así, el rock no solo se ha desarrollado históricamente dentro de un territorio, sino que ha contribuido activamente a su producción social, influyendo en la manera en que es percibido y vivido.
A lo largo de las últimas décadas y, sobre todo en los particulares años ’90, numerosas bandas de rock reconocidas a nivel nacional han construido su identidad artística a partir de un vínculo profundo y sostenido con el territorio que las vio nacer. Lejos de surgir en espacios ajenos a la vida cotidiana, estas expresiones musicales se gestaron en barrios populares, donde el solo hecho de vivir sus ámbitos habituales, funcionaron como escenarios primarios de encuentro y creación. Ese arraigo territorial no solo definió un sonido particular para su impronta artística, sino también una forma de narrar la realidad, atravesada por experiencias compartidas, problemáticas sociales y un fuerte sentido de pertenencia.
El contacto permanente con las masas provenientes de estas entrañas barriales ha sido clave para consolidar la legitimidad de estas bandas. Sus letras, cargadas de referencias a la vida diaria, al trabajo, a la amistad y a la resistencia frente a la adversidad, operan como un espejo en el que amplios sectores de la sociedad se reconocen. Basta con observar en alguna plataforma digital (o haber participado físicamente) de recitales – muchas veces multitudinarios-, para dar cuenta de la transformación en ritual colectivo, donde el público no es un mero espectador, sino un actor activo que reafirma una identidad común y un sentimiento de comunidad.
Este lazo entre rock, territorio y actores sociales explica en gran medida la perdurabilidad y el impacto cultural de estas bandas a escala nacional. Al mantenerse fieles a sus raíces (y sus idiosincrasias) incluso cuando alcanzan escenarios masivos, logran tender puentes entre lo local y lo popular, entre lo íntimo y lo colectivo. De este modo, el rock – lejos de estar acabado – se consolida como una herramienta de expresión social que trasciende lo musical y se convierte en un afán compartido, capaz de narrar la historia viva de quienes habitan y construyen el territorio día a día.
En definitiva, este movimiento permite leer el espacio como una trama compleja y en constante cambio. Un punto de partida, desde la geografía sociocultural, para implementar nuevas lecturas y reflexiones, pensando al territorio como una expresión viva de lo popular y de las distintas formas en que se habita el mundo. Un recurso más, sumamente interesante y enriquecedor, para trabajar nuestra disciplina en las aulas desde una mirada crítica del espacio que transforme la realidad social.





