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El fenómeno del Super Niño que se avecina

Cada cierto tiempo, las aguas del océano Pacífico tropical experimentan un calentamiento extraordinario que modifica la circulación de la atmósfera y altera los patrones de temperatura y precipitación en distintas partes del planeta.

El fenómeno es conocido como El Niño y constituye la fase cálida del ENOS (El Niño-Oscilación del Sur), uno de los principales sistemas de variabilidad climática del planeta. La denominación El Niño hacía referencia al Niño Jesús, debido a que el calentamiento de las aguas suele producirse cerca de Navidad.

En Argentina, y particularmente en la región pampeana, el Litoral y la cuenca del Plata, El Niño tiene especial importancia porque suele asociarse con una mayor probabilidad de precipitaciones abundantes durante determinados períodos del año.

No todos los episodios de El Niño tienen la misma intensidad ni producen exactamente los mismos efectos. Algunos son débiles y sus consecuencias regionales suelen ser relativamente acotadas. Otros alcanzan una magnitud excepcional y son conocidos habitualmente como Super Niños. El umbral de temperaturas del Pacífico suele definirse a partir de la anomalía de más de 2 °C por encima del promedio esperado para ser considerado Super Niño. En la actualidad, las anomalías se encuentran cercanas a los 2,5 °C.

Los recordados episodios de precipitaciones extremas e inundaciones de 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016 se encuentran entre los eventos de Super Niño más intensos registrados.

¿Qué es exactamente El Niño?

El fenómeno de El Niño comienza en el sistema climático del Pacífico ecuatorial, cuando se produce un calentamiento anómalo de las aguas superficiales del océano. El calentamiento del Pacífico modifica los vientos, la presión atmosférica y la distribución de las precipitaciones. A su vez, esos cambios atmosféricos afectan nuevamente al océano. El Niño debe ser entendido, entonces, como un complejo sistema hidrológico y atmosférico. Por eso se habla de El Niño-Oscilación del Sur (ENOS).

Durante un episodio de El Niño se debilitan los vientos alisios que normalmente soplan de este a oeste sobre el Pacífico ecuatorial. El agua cálida que habitualmente se acumula hacia Indonesia y Australia se desplaza hacia el centro y el este del océano. El resultado es una redistribución de enormes cantidades de calor y humedad que modifica la circulación atmosférica del aire y, por supuesto, el monto de precipitaciones.

¿Cómo se descubrió El Niño?

El fenómeno fue conocido mucho antes de que existiera una explicación científica sobre su funcionamiento: los pescadores de las costas del Perú ya habían observado desde hacía siglos que alrededor de diciembre las aguas normalmente frías se calentaban y que ese cambio estaba acompañado por modificaciones importantes en la disponibilidad de peces.

A fines del siglo XIX comenzaron a aparecer explicaciones científicas del fenómeno. Pero todavía se lo interpretaba fundamentalmente como una anomalía localizada en las costas de Perú. Durante las primeras décadas del siglo XX, el meteorólogo británico Gilbert Walker identificó grandes oscilaciones de la presión atmosférica entre diferentes sectores del planeta. A este comportamiento lo denominó Oscilación del Sur.

La conexión entre ambos fenómenos llegó varias décadas después, cuando en la década de 1960 el meteorólogo Jacob Bjerknes relacionó el calentamiento del Pacífico con las modificaciones de la circulación atmosférica estudiadas por Walker. En 1969 publicó una explicación que permitió comprender que el océano y la atmósfera estaban funcionando como partes de un mismo sistema. Así nació la comprensión moderna del ENOS.

El Super Niño de 1982-1983 fue especialmente importante para la construcción de esa comprensión, ya que su intensidad puso de manifiesto la necesidad de mejorar considerablemente los sistemas de observación y predicción. Hoy el ENOS constituye, sin dudas, uno de los fenómenos climáticos mejor monitoreados del planeta.

Los Super Niños más recientes

1982-1983

El episodio 1982-1983 fue extraordinariamente intenso y produjo impactos en numerosas regiones del mundo. En Argentina, los que acumulan algunas canas lo recordarán, produjo la mayor inundación del siglo XX en varios sectores del Litoral y la provincia de Buenos Aires. El Paraná, a la altura de la ciudad de Santa Fe, supero los 7 metros de altura, y tardó más de un año en regularizar su caudal.

1997-1998

El El Niño 1997-1998 fue uno de los eventos más intensos registrados durante el período de observaciones instrumentales. El calentamiento del Pacífico fue enorme y sus efectos se extendieron por diferentes regiones del planeta. En la cuenca del Plata también se registraron importantes anomalías hidrológicas, aunque las alturas de los ríos estuvieron lejos de parecerse a las del 82-83. Sin embargo, se anegaron más de 6 millones de hectáreas y fue necesario evacuar a más de 100.000 personas.

2015-2016

El tercer gran episodio de las últimas décadas fue el de 2015-2016, seguramente el más recordado por nosotros. Fue comparable en magnitud a los grandes eventos anteriores, pero presentó características diferentes: la crecida de los ríos no fue tan elevada pero las precipitaciones fueron muy intensas durante meses. En Argentina se decretó la emergencia hídrica en 7 provincias, y fue necesario la evacuación de casi 250.000 personas.

Se avecinan desastres que no serán naturales

Ahora bien, ciertos sectores de poder económico y político concentrado han sido muy hábiles en nombrar a los desastres como “naturales”, como una forma elegante de no hacerse cargo de la pata sociohistórica que siempre tienen estos eventos y que desde la geografía nos interesa analizar. Por eso nunca hablamos de desastres naturales.

El fenómeno climático puede ser natural. El desastre es otra cosa.

Cuando el Super Niño llegue a nuestro país, a partir de octubre producirá precipitaciones extraordinarias sobre territorios que, por las lluvias intensas en Brasil, ya tienen a los ríos muy altos y con riesgo de desborde; y sobre territorios que tienen además una topografía de llanura ondulada, en donde una mínima diferencia de altitud puede ser la diferencia entre inundarte o no.

Pero además, producirá precipitaciones sobre territorios que tienen sus suelos impermeabilizados por treinta años de monocultivo de soja; sobre territorios incendiados para favorecer negocios inmobiliarios, muchos de ellos sobre humedales; sobre territorios donde fueron modificadas sensiblemente las pendientes y las escorrentías superficiales naturales por los terraplenes de los barrios cerrados; y, como si esto fuera poco, sobre territorios en los que hace casi tres años no se pone un solo peso en obra pública para prevención de inundaciones.

Se nos viene un desastre, y no hay que ser adivino para saberlo.

Gracias a los colegas Yuri Sandoval y Santos Quispe de Bolivia por las imágenes que ilustran este artículo. ¡Qué placer compartir espacios de formación con gente que sabe tanto!

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