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Urgencias imperialistas

Venezuela y la geopolítica 4.0

La captura y extradición de Nicolás Maduro por parte del ejército norteamericano en la madrugada del pasado 3 de enero marcó de forma violenta el inicio del año 2026. Acompañado de un bombardeo a la capital venezolana al mejor estilo blitzkrieg, poco más de seis minutos le bastaron a las fuerzas invasoras para cumplir con el objetivo planeado –tiempo inferior al que te va a llevar leer este artículo- dándole a Caracas el dudoso logro de ser la primera capital sudamericana en ser atacada por el país del norte.
Más allá de las apreciaciones sobre las formas en las cuales el –por el momento- ex presidente venezolano buscó perpetuarse en el poder, las múltiples denuncias por corrupción, persecución política, detención de opositores y el contexto socioeconómico del país en la última década, el trasfondo de la jugada geopolítica estadounidense rompió los principios del Derecho Internacional. Una medida que en principio se presentaba bajo la semántica de las libertades y desarrollos, en pocas horas viró hacia otro discurso diferente: tanto Trump como otros funcionarios comenzaron a soltar un tendal de amenazas territoriales y ambiciones económicas que pusieron sobre la mesa mucho más que los delirios expansionistas del mandatario norteamericano, exponiendo en simultáneo -tarde pero seguro- el entramado espacial bajo el que se organiza el sistema internacional este siglo XXI.
Más allá del hecho en sí, el desarrollo de las acciones se presenta tan denso como complejo por las implicancias, derivas e impactos posteriores que esta pudiera tener. En este sentido, su abordaje nos deja varios puntos para analizar. Les propongo algunos puntos clave para pensar (e intentar entender) en presente.

El espacio vital en el capitalismo tardío

A fines del siglo XIX el geógrafo alemán Friedrich Ratzel acuñó el concepto de Lebensraum para referirse a la relación existente entre un Estado, territorio, poder y recursos. Esta construcción no fue casual, sino que fue la herramienta indispensable para legitimar la carrera imperialista de las potencias europeas, urgidas por ampliar y asegurar la disponibilidad de tierras, recursos y mano de obra, tanto barata como esclava. El concepto de Lebensraum (Espacio Vital, en nuestro idioma) estaba impregnado de racismo y supremacismo, abriendo la puerta al expansionismo como una suerte de derecho natural de los Estados fuertes frente a los Estados débiles. Esta matriz (a la que Karl Haushofer, el geógrafo de cabecera de Hitler, le añadiría como elementos argumentativos el pueblo y la sangre –blut und volk-) le serviría al nacionalsocialismo germano para intentar justificar su expansión sobre europa, con los desastres resultantes por todos ya conocidos.
A partir de allí, tanto el concepto como la geopolítica clásica pasaron a la clandestinidad siendo señalados como los grandes responsables de todos los problemas de la humanidad en la primera mitad del siglo XX. No obstante, esa clandestinidad podría interpretarse como la geografía de los estados mayores que proponía Yves Lacoste allá por 1977, una forma de estudiar y generar conocimiento estratégico sobre territorios propios y ajenos, de inmejorable utilidad para los países centrales pero escasamente socializado para el resto de la población. Lejos de la obsolescencia, la idea del Espacio Vital emerge en la actualidad frente a un nuevo escenario de crisis. Así como en su momento fue el angostamiento natural ante la expansión industrial, lo que impulsa en la actualidad a estas redefiniciones territoriales tiene más que ver con un horizonte de agotamiento de los recursos naturales estratégicos en un paradójico momento de intensificación de los procesos extractivos. Aunque con una sutil diferencia.
En los últimos veinte años del siglo pasado el debilitamiento de la Unión Soviética y su posterior disolución facilitaron la expansión del capitalismo neoliberal, el cual ya en su faceta globalizada transformó y redirigió al planeta hacia una lógica consumista inédita. Esta vorágine productiva representó, en términos geopolíticos, la aparición del Lebensraum bajo bandera norteamericana (no en vano muchos teóricos se refieren a la última oleada globalizatoria como “americanización”) incorporando a la práctica totalidad del mundo a un american way of life caracterizado más por sus dinámicas de consumo que por sus políticas sociales. Pero esa expansión fue mucho más allá de una bandera, permitiéndole al capitalismo crecer, dinamizarse y adquirir comportamientos propios de un organismo autónomo. Un hiperobjeto, si lo planteamos en términos de Timothy Morton.
Allí radica, precisamente, la diferencia. Si entendemos que a partir del siglo XVIII un conjunto de países dinamizaron y exportaron un sistema en su propio beneficio territorial y económico, hoy esta cuestión se ha invertido. Es el sistema quien dinamiza y selecciona los territorios con el objetivo de garantizar su subsistencia, empleando para tal fin a diferentes actores –hablar de Estados en el mismo sentido que en el siglo XIX hoy resulta un poco tosco- que son ejecutores de sus designios. El espacio vital, bajo este enfoque, es articulado por el mismo capitalismo tardío y Venezuela, como país que defiende sus recursos naturales estratégicos, se convierte en un obstáculo indeseado para la continuidad del sistema. Lo sucedido con Maduro no es un accidente ni un hecho aislado, sino una urgencia sistémica para desatascar flujos. Y como hemos visto en las horas posteriores, con movimientos estratégicos en diferentes lugares del planeta, parece no ser la única.

Dualidades y ensamblajes

Hablar de flujos nos remite directamente a pensar al sistema como una dualidad operativa. ¿Qué quiero decir con esto? Que no podemos pensar solo en una dimensión material. La crisis del 2008 no solo marcó el rumbo hacia la asiatización económica global, sino que también marcó el punto de quiebre para la expansión de un giro virtual que en poco tiempo se convirtió no solamente en una nueva dimensión extractivo-productiva-acumulativa, sino que representó una realidad alternativa en donde cada uno de los que habitan este planeta encuentra su alteridad espectral.
Este sistema, al que algunos –quizás todavía apresurados- denominan tecnofeudalismo no descarta la materialidad tradicional, sino que la potencia. Frase trillada si las hay es la famosa “no hay planeta B”, pero es la que mejor representa a la estructura que hoy habitamos: una dimensión material a la que se le suma una dimensión virtual. Ambas, para su funcionamiento, dependen de una extracción constante que va desde la atención y los datos hasta los recursos, poniendo al planeta en una situación crítica.
Este sistema dual nos sirve para trabajar dos cuestiones. Por un lado, la necesidad de entender que la puesta a disposición forzosa de las reservas hidrocarburíferas venezolanas (en esta ecuación entran, como futuros próximos, litio, tierras raras, zonas frías y cuerpos de agua, por mencionar algunas) es parte de un ciclo de alimentación continua y autónoma del capitalismo. Esto da cuenta de un esquema organizacional superior al que tradicionalmente solíamos pensar y que es quien hoy “dirige” las dinámicas globales, al que volveremos en instantes.
Por el otro, si asumimos el giro virtual y asumimos la autonomía del capital, es posible reconocer que a través de la incorporación de nuevos vectores como la datificación y la algoritmización los procesos productivos han dejado de ser exclusividad de lo material; a su vez, la dimensión física ha perdido su linealidad, estructuración y mediación, adquiriendo dinámicas propias de la virtualidad. ¿El resultado? El despliegue de transformaciones
territoriales que nos permiten inferir una ampliación de lo que entendemos por espacio geográfico. Y esto es fundamental para entender qué es lo que está pasando.
Hoy el sistema internacional comprende diferentes dimensiones y niveles de acción que le otorgan densidad, asimetría y dinamismo a los territorios globales. Esta configuración espacial ampliada es lo que denomino ensamblaje geográfico. ¿Qué podemos identificar en este? Territorios, infraestructuras, flujos económico financieros, entramados digitales y virtuales, producción de sentido (a la que volveremos más adelante), elementos político-operativos (donde entran los Estados des-soberanizados, las poblaciones y los cuerpos, y las formas de violencia) y contingencias (inestabilidad, urgencias y alianzas dinámicas impulsadas por la propia aceleración sistémica). Todas estas piezas actúan como componentes operativos a través de relaciones de exterioridad, no están unidas sino por contingencia y son perfectamente intercambiables. Estados Unidos, en este contexto, no es otra cosa que un componente de este ensamblaje cuya función circunstancial es asegurar la circulación de un nodo crítico. Para ello, y además de su despliegue militar (violencia), entran en este ensamblaje la producción de sentidos (la legitimación del hecho en redes más la tipificación del “Cartel de los Soles” como estrategia para atacar sin pasar por el Congreso), los entramados digitales (que aprovechan las interacciones para masificar la captura de datos a la vez que parametrizan comportamientos y anticipan conductas), los flujos económicos concentrados y los territorios estratégicos (donde se desplegó la acción).

Redefiniciones e injerencias

Por supuesto que no se trata de eximir a Estados Unidos de su imperialismo “divino”, sino poner en evidencia un entramado mucho más complejo. Más allá de teorías geopolíticas, de heartlands y de áreas de influencia, lo que observamos hoy es un repertorio inédito de ensamblajes geográficos de contingencia, que se articulan y desarticulan en todo el planeta. En estos días los análisis geopolíticos que se vienen efectuando están, inevitablemente, plagados de teorías desfasadas y una carrera por ver quien “la pega” y resuena en redes, perdiendo en muchos casos el rigor académico sobre su labor. Más aún si contemplamos la seguidilla de
dichos de Trump tras la captura de Maduro. México, Colombia, Cuba, Groenlandia, un “hemisferio americano” y otras megalomanías derivadas –que es claro que pueden hacerse efectivas- impulsaron la recirculación de afirmaciones del estilo “Doctrina Donroe” o “los ricos hacen y los pobres resisten”. Pero miremos más allá de la tribuna mediática. Israel se encuentra en plena construcción de un Gran Israel en el sudoeste asiático, tejiendo alianzas estratégicas con Somalilandia a la vez que bombardea sistemáticamente a todos sus vecinos sin quitar el pie del acelerador en Palestina. China extiende su nueva ruta de la seda a la vez que pone presión a Taiwán. Rusia que hace rearmar a toda Europa Central. Intentos de golpe de estado en Burkina Faso. Inestabilidades varias en la península arábiga. En los pocos días que llevamos de 2026, todo parece haberse vuelto un volcán al borde de una erupción. Y esto nos devuelve al ensamblaje.
Las acciones de Estados Unidos, Rusia, China e Israel no deben leerse como conflictos aislados ni como choques entre proyectos opuestos, sino como momentos de un mismo proceso de reajuste del ensamblaje geográfico del capitalismo tardío. No hay disputa por un hegemón, porque el hegemón actual está bien claro que es el capital; no hay bipolaridad, apolaridad ni multipolaridad. Cada uno de estos actores se encuentra disputando su posición como componente operativo del ensamblaje: Estados Unidos como garante militar, gestor de flujos estratégicos y “corrector” mediante la violencia del orden global; China como reconfigurador infraestructural, garante financiero, operador logístico–productivo y constructor de futuros materiales; Rusia como actor territorial–energético, desestabilizador de equilibrios regionales, y fuerza de presión sobre Europa entendida como bloque; y finalmente Israel como laboratorio de control, vigilancia y guerra urbana, exportador de tecnologías securitarias y nodo clave en la militarización del espacio. ¿Se reparten territorios? Sí, pero como partes actuantes de un mismo sistema. Las urgencias imperialistas hoy se erigen en torno a la figura de Donald Trump, pero están bien aceitadas en el entramado global que representa el capitalismo tardío.

Los territorios virtuales y la geopolítica 4.0

Si queremos que el abordaje sea completo, no podemos dejar afuera del análisis dos dimensiones fundamentales de los ensamblajes geográficos, que son la producción de sentidos y el entramado virtual digital. Para esto es necesario rescatar el concepto de territorio virtual, entendido como la resultante de la acción de identificar, delimitar, influenciar, controlar y usufructuar un conjunto de datos y flujos que emanan de los usuarios, la población virtual que transita por ese insondable universo de la web y las redes sociales. Este territorio, además,
tiene una característica singular que lo diferencia de la materialidad: posee la capacidad de replicarse y expandirse de forma automática gracias a la acción de un flujo que actúa como fijo, el algoritmo.
Pensar en una geopolítica 4.0 implica considerar como parte del entramado a todas las acciones que se construyen en la virtualidad y se expanden a través de los territorios virtuales con el objetivo de disuadir, señalar, habilitar vías de legitimación o enmascarar aquello que se produce en la materialidad. Si nosotros hacemos un pequeño repaso de la historia reciente, veremos que la masificación de redes (y su monetización, elemento que en todos los casos significó un giro utilitarista de las mismas) se produce menos de un lustro antes de los
estallidos sociales del 2010 en el norte africano y el sudoeste asiático. Allí, la utilización de las redes significó para los protestantes una forma de difundir los acontecimientos y globalizar su apoyo. La respuesta de los gobiernos en crisis fue tajante: cortar los servidores de internet para impedir que eso sucediera. Menos de cinco años después, tras los atentados yihadistas en París, la dinámica fue distinta: se utilizaron las redes para mostrarle a la población la violencia de los atacantes, estereotipando y estigmatizando a por extensión a toda una franja
poblacional que, en la mayoría de los casos, era connacional. Esta dinámica, por oposición, resultó mucho más efectiva: se podía construir sentido –en este caso rechazo- a través de las redes con solo soltar pequeños mensajes individuales dirigidos a un público al cual se le había “medido” su disconformidad mediante algoritmos. Más recientemente tenemos a la pandemia como un laboratorio de pruebas global. Deslegitimación de especialistas, campañas negacionistas, antivacunas, antibarbijos, entre otras. Para el caso argentino, como corolario, la canalización de buena parte de las insatisfacciones de la sociedad en una figura presuntamente carismática que representó, para entonces, un componente operativo más del ensamblaje.
Los territorios virtuales tienen, además, la capacidad de ser tan simultáneos como efímeros. Esto también es estrategia. Lanzar dos, tres o cuatro mensajes diferentes, fake news, posverdades, verdades a medias, mentiras descaradas y otras yerbas a resonar en redes, o decir A para luego negarlo, es parte de esa estrategia. Hoy buena parte de la sociedad global, ineludiblemente digitalizada, sufre de un grave cuadro de infoxicación (intoxicación por exceso de información no necesariamente cierta) que la lleva a una apatía en donde no solo se pierde
el sentido. También se disocia la capacidad de distinguir entre sus necesidades y los problemas que son comunes y cotidianos, sobre los que les inyectan a través de las pantallas. Hoy es la población misma la primera en abandonar la defensa de sus necesidades primarias. Y esto nos lleva a pensar en otra particularidad. Cada reestructuración dependió siempre de un artilugio destinado a su legitimación. Pero siempre la “imposición” de este constructo era exterior a las áreas afectadas. Hoy, como consecuencia de esta inversión provocada por la virtualidad, esa reestructuración es endógena: surge desde los mismos individuos y se proyecta hacia el conjunto, punto donde coincide con los otros componentes del ensamblaje gestado. El problema de esto no es solamente que se reduce la capacidad cognitiva del individuo a un mínimo de tres o cuatro frases (cualquier parecido con nuestra actualidad no es pura coincidencia), sino que se lo despoja de la capacidad de asumirse como parte afectada en la problemática.
Si volvemos a Venezuela el ejemplo es claro: más allá de Maduro, resulta inédito observar a una parte de la población de un país festejando una intervención extranjera y el bombardeo en su capital. Si profundizamos más, vemos como muchos mandatarios afines a Estados Unidos se apuraron en declarar organización narcoterrorista al “Cartel de los Soles”, impulsados por filiación y por infoxicación, para luego ver de que manera pueden ocultar que en menos de cuarenta y ocho horas ya asumieron que la declaración era falsa y se impuso solo como estrategia para legitimar la intervención. Los territorios virtuales han construido esta geopolítica 4.0, que abona el terreno para que la avanzada norteamericana sea solo el comienzo. Es el colonialismo epistémico llevado al mundo virtual. Pensemos, sino, en el experimento en tiempo real que resulta ser el genocidio palestino que
está llevando adelante Israel. ¿Cuál es el mensaje en las redes? ¿De qué forma nos llega a nosotros? ¿Cómo lo vemos, incluso, cuando nos toca trabajar algún conflicto en el aula?

El conflicto a las aulas

Esto nos deja el terreno listo para ser trabajado. La complejidad, inevitablemente, es inherente a la enseñanza de la conflictividad contemporánea. Más aún si nuestro posicionamiento pedagógico aboga por un abordaje crítico de la cotidianeidad. Para ello, son varias cuestiones las que tenemos que tener en consideración: primero y principal, no limitar el conflicto a una única dimensión de análisis. Pensar en Venezuela solo como un “cayó el régimen de Maduro” resulta casi infantil si lo que queremos es trabajarlo en profundidad. Los conflictos son
multidimensionales. En segundo lugar, urge tomar en consideración la idea del ensamblaje geográfico como un entramado global. Ya no hablamos solo de multiescalaridad, sino de una simultaneidad global y no local que no puede reducirse a dos o tres actores y territorios. En tercer lugar, se vuelve necesario contemplar la virtualidad como productora de sentido. Un buen abordaje de la conflictividad debería empezar por analizar como resuena ese conflicto en las redes, y llevar al estudiantado a redireccionar el algoritmo hacia aquello que estratégicamente no se muestra. Esto requiere, impostergablemente, que estemos embebidos en el conflicto, en el conocimiento disciplinar y también en las dinámicas algorítmicas. No todo recurso es buen recurso, y menos si no ha sido sometido a la más mínima comprobación. Finalmente, entender que ese conflicto no ocurre solamente a decenas de miles de kilómetros. Está presente también en el precio de los alimentos, en la calidad del aire que respirás, en el lugar que vivis. Comenzar por la cotidianeidad es un disparador muy potente que puede servir en dos direcciones: lograr que el estudiante abrace las problemáticas de su entorno y busque
intervenir; y lograr que a través de esa comprensión luego pueda llevar el análisis hacia otros tiempos, otros espacios y otras dimensiones, dentro de las cuales por supuesto se encuentra la virtualidad. No es sencillo, requiere tiempo, planificación y conocimiento, pero es la única manera que nos habilita a nosotros como docentes a recuperar densidad frente a curso y dejar de ser una pantalla más, peligro inminente que se cierne sobre los docentes hoy en tiempos donde los proyectos de docentes IA comienzan a circular. Para ello, hay que saber enseñar geografía pero saber también cuáles son los laberintos de la virtualidad y procurar despojarnos
de toda ingenuidad para recuperar la capacidad de pensar y elaborar por nosotros. Más, sobre todo, si lo que vamos a trabajar es geopolítica, porque allí, en esa dimensión donde la ingenuidad y el convencimiento se dan por logrados, residen también las urgencias imperialistas. No hay legitimación sin ingenuidad.
La única manera de revertir esta complejidad es asumir el desafío de reterritorializarnos en la virtualidad, comprender su dinámica y comenzar a construir desde allí los caminos que nos conduzcan a reflotar los lazos de proximidad para pensar en una sociedad que funcione como tal. La Geografía, asumida de esta forma, es una herramienta indispensable para ello.

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