Algunos recordarán ese antiguo videojuego “Space Invaders” en el que debíamos, armados con un cañón, eliminar una gran cantidad de “seres espaciales” que venían en oleadas. La cuestión de las salmoneras no deja de ser otra oleada más de una larga historia de introducción de especies foráneas con fines extractivistas.
Situación
Desde hace algunos años en el cono sur los salmones vienen siendo noticia en la agenda económica, sociocultural y ambiental, y es que en lo referente a la salmonicultura y su aceptación, nos enfrentamos a escenarios tensionados por distintas formas de la posverdad.
El triunfo de la producción industrial de salmónidos en el mar, lagunas, ríos y lagos, e incluso en tierra, no es otra cosa que otro logro de una lógica político extractivista: la instrumentalización de la naturaleza. Viene además con una creciente expansión geográfica hacia el sur y este de sudamérica, con la instalación de cientos de plantas (mayormente de firmas transnacionales) y nuevos proyectos que esperan obtener la acreditación correspondiente para comenzar con la producción de salmones.
Actualmente son muchos los conflictos, y muestras del impacto negativos sobre los ambientes que resultan de la sobreexplotación que caracteriza a la industria salmonera, lo que ha valido de parte de las empresas crecientes gastos en campañas de desinformación y desprestigio de las organizaciones denunciantes. El impacto ambiental se debe principalmente a la falta de exigencia, control y regulación de la actividad salmonera por parte del Estado, que las empresas deberían cumplir en su manejo.
La producción de salmón oculta una realidad que no se ve. Si bien no produce un gran impacto visual en el paisaje (salvo quizás por las jaulas en el agua) todo el deterioro y contaminación sucede y queda bajo el agua en sitios retirados de lugares poblados.
Después de décadas de cultivo de una especie exótica en los ambientes marinos patagónicos de Chile, sobran las pruebas de los daños que genera la práctica industrial e intensiva de la salmonicultura, llegando a realidades irreversibles en los sitios explotados. Por otro lado, la industria salmonera también ha probado afectar negativamente otros sectores económicos locales, además de la contaminación de cuerpos y cursos de agua dulce y el deterioro de los ecosistemas marinos (flora y fauna nativa). Y es que la salmonera pretende ser la única actividad económica allí donde se instala (por lo general en pequeñas localidades) impidiendo directa o indirectamente el desarrollo de otras actividades, especialmente el turismo local.
En la actualidad, el debate se reabre por la expansión de nuevas plantas y proyectos, expansión que trasciende fronteras y territorios. Las transnacionales involucradas no reconocen banderas, sino regiones naturales con potencial de ser explotadas, exportando las ganancias y socializando las consecuencias con las comunidades locales.
La vedette rosada
Dentro de la acuicultura, los salmónidos se posicionan como una de las especies más importantes de la práctica, y dentro de ellos el salmón, o más específicamente el salmón atlántico o “salar” (mejor conocido como salmón rosado). Todos alguna vez lo habrán probado, su sabor y propiedades no están en discusión, se trata de un alimento de alta demanda en el mundo por sus cualidades gastronómicas y para la salud al aportar el famoso OMEGA-3.
Una de las posverdades que se han instalado especialmente en nuevos proyectos refiere a las supuestas ventajas ambientales: se dice que es una de las actividades con menor impacto en la huella de carbono, y por eso mismo el cultivo de salmón es una de las producciones más eficientes, ya que requiere pocos recursos -principalmente agua- por cada kilo de producto.
Si bien los salmónidos habitan en la mayoría de los océanos y mares del mundo, esta especie en particular -la más codiciada industrialmente- nace y se reproduce en ríos de agua dulce, pero migra y vive en agua salada. Esto requiere de ecosistemas específicos para su cultivo que combinen ríos y lagos de agua dulce, o mejor aún fiordos, con cercanía y desembocadura en el mar, por lo que habrá regiones geográficas con ciertas ventajas comparativas -rememorando la teoría de David Ricardo- frente a otras que necesitarán mayor carga técnico-tecnológica.
La industria salmonera en el mundo tiene como principal y mayor productor a Noruega, cuya actividad sigue en pleno crecimiento, representando poco más de un cuarto del volumen de exportación. Como segundo exportador se ubica Chile que aporta el 25% de producción mundial, siendo uno de los principales productos de exportación que más aportan a la economía nacional.
El resto de la producción global se reparte entre la Unión Europea, Asia, Latinoamérica/Norteamérica y resto del mundo en menor medida. Por otro lado, la creciente demanda mundial tiene a Asia (China y Japón primordialmente) como principal destino, seguidos de Europa, EE. UU y Brasil –el resto se reparte en todo el mundo–.
En lo que a las banderas de las transnacionales se refiere, las principales empresas son de origen noruego, el resto son nacionales, en Chile también a gran escala, y en el resto de la geografía productores de mediana escala.
Otra gran creencia instalada es que la acuicultura se lleva a cabo bajo estándares de sostenibilidad ambiental y complementariedad con la pesca local extractiva, esto principalmente por una constante inyección de nuevas tecnologías en la práctica, lo que lograría un sistema de producción controlado. Organismos internacionales como la FAO o el Banco Mundial sostienen a la acuicultura como una actividad resiliente con ventajas estructurales frente a otras producciones cárnicas.
Argentina aparece desde hace un tiempo como un territorio con extraordinario potencial para la expansión de la actividad, por poseer recursos hídricos de calidad, un estatus sanitario privilegiado y una ubicación geográfica estratégica. Impulsada por el actual gobierno de Milei, la iniciativa “innovación acuicultura argentina” (INNOVACUA) y el reciente acuerdo firmado con Noruega para desarrollar el “proyecto de acuicultura nacional”, especialmente a partir del salmón en la Patagonia, promete diversificar la matriz productiva nacional y asegurar el abastecimiento a regiones del hemisferio norte generando ingresos millonarios y posicionar el país como un principal productor.
Mejor que la trucha, el salmón
¿Por qué en estas latitudes el salmón es un problema y no en la región escandinava?, Porque allí el salmón es una especie silvestre que no requiere de una gran intervención de químicos y tecnología, incluso a gran escala de producción, además de que en dichos países las empresas cumplen con sus legislaciones.
Pero la realidad es muy diferente en el cono sur, donde para desarrollar la salmonicultura se necesita de una ingente inyección de sustancias y tecnología. Y es justamente eso lo que produce los impactos y consecuencias socioambientales de esta industria.
Bien se podría desarrollar la acuicultura en la región con especies autóctonas como la trucha marrón o la trucha arcoíris, pero la creciente demanda y la alta rentabilidad hacen del cultivo del salmón salar un gran atractivo para los gobiernos sudamericanos, aunque a costa de llevar a su máxima expresión el concepto de “zonas de sacrificio”.
Todo empieza por el uso de sistemas abiertos que son altamente perjudiciales para los ecosistemas sureños y la vida marina en ellos, su efecto es muy parecido al de los bosques implantados, que disminuyen la biodiversidad nativa (animal y vegetal). Por otro lado, atraen a mamíferos marinos como los lobos, que perciben “comida gratis”. En respuesta las empresas por lo general despliegan infraestructura de protección, ensayan formas de ahuyentarlos o incluso los matan.
En lo que a contaminación se refiere, se debe principalmente a los desechos inorgánicos. Estos producen ambientes hipóxicos (sin oxígeno), lo que impide la capacidad de recuperación del ecosistema.
La sobreproducción del cultivo lleva a que los salmones vivan hacinados en jaulas, generando un gran estrés y enfermedades. Los peces defecan constantemente, sumado a su gran número por jaula, lo que genera que la materia fecal se deposite en el fondo marino como un sedimento que cubre el lecho, alterando el equilibrio ecológico. El hacinamiento facilita la transmisión de enfermedades, y con el fin de evitarlas se utilizan antibióticos y antiparasitarios
Pero el impacto no es estrictamente situado, sino que toda la biodiversidad nativa se puede ver perjudicada. Esto sucede por los frecuentes “escapes” de salmones de las jaulas que se introducen a los ecosistemas y alteran las cadenas tróficas. Finalmente el cocktail de heces, alimento balanceado, antibióticos y antiparasitarios favorece el desarrollo de marea roja.
En cuanto a los residuos sólidos, también constituyen una parte importante de la contaminación, ya que, al haber explotado las condiciones naturales de un lugar, las empresas se retiran, dejando toda la infraestructura (significa menos costos que tener que retirar toda la instalación) lo que termina por acumularse en el fondo y las orillas de lagos y ríos.
El ataque de los clones
Como ya se mencionó más arriba, el actual contexto político-económico genera que la industria salmonera encuentre las condiciones propicias para su expansión hacia el extremo sur. Aunque no solo con nuevos proyectos en puerta, sino con vistas de instalarse sobre cientos de kilómetros de la costa atlántica patagónica, o incluso los famosos proyectos en “tierra” –granjas de cultivo en piletones–.
Las piscifactorías terrestres como el sistema RAS (sistema de circulación acuícola), el más utilizado, parecen prometer una producción más sustentable, controlada y con menos recursos. Aun así, este sistema requiere que se los traslade a jaulas en el mar para el engorde final, y además surgen otras cuestiones ¿Qué se hace con los residuos que generan los piletones? ¿de qué manera se tratan?
Por lo pronto ya existen interesados en invertir en las granjas submarinas y crear clústers industriales en las costas atlánticas, como la corporación Newsan o Tecnovax. Esto ya está alertando a las ONG ambientalistas y la ciudadanía de las provincias patagónicas, como si ya no fuera suficiente la depredación ilegal en aguas argentinas por los buques factoría y la degradación de las offshore extractoras de hidrocarburos.
No todo es color salmón
Creo que todos podemos estar de acuerdo en que el salmón, además de sabroso, es nutritivo. Pero esa es otra gran posverdad, porque lo que llevamos a nuestra mesa que haya sido producido en estas granjas acuáticas, es solo un producto que por fuera parece natural, pero por dentro es veneno al mejor estilo soja transgénica.
Pensemos que ni siquiera su color es natural –se logra mediante colorantes en su alimento– añadiendo que cada pez acumula en su cuerpo ingentes cantidades de antibióticos y que son criados bajo un alto estrés en un ambiente de hacinamiento, heces y sustancias químicas.
La industria salmonera no solo se lleva los ecosistemas donde se instala, se lleva también la flora y fauna adyacentes, se lleva las formas de vida de pueblos ancestrales y comunidades locales, se lleva la posibilidad de un desarrollo más sustentable a partir de los recursos naturales nativos, porque simplemente esta actividad no es compatible con la vida.
Gracias a legislaciones endebles y legisladores blandos de escrúpulos, la industria posa su mirada en el este de la Patagonia, ya que las condiciones naturales de la costa atlántica son perfectas para su expansión. Desde aquellos territorios donde las piscifactorías ya pasaron nos advierten sobre esta oleada de “invasión de espacios”: una vez que las salmoneras se instalan, lo que viene es contaminación, ambientes alterados y comunidades sin recursos.
Aunque el paisaje se siga viendo inmaculado, la realidad queda en la profundidad. Por eso hoy más que nunca el “NO A LAS SALMONERAS”, significa SÍ a la naturaleza, SÍ a los ambientes sanos, SÍ a los derechos de las comunidades locales y pueblos originarios, SÍ a otras formas tradicionales y sustentables de desarrollo, SÍ a la vida.





