Enseñanza de la Geografía y memoria
Recordar y conmemorar en abril dos procesos traumáticos de principios y finales del siglo XX desde la perspectiva educativa, no pretende ser una efeméride. Es sin dudas, contribuir a la construcción de memoria y a sembrar ideas y acciones para garantizar la no repetición.
La educación geográfica es indispensable para el desarrollo de ciudadanos responsables y activos en el mundo presente y futuro. La Geografía es una asignatura que favorece el conocimiento y al mismo tiempo, estimula la comprensión del mundo otorgando posibilidades de intervenir. La educación en la resolución no violenta de los conflictos desde el enfoque de los derechos humanos y el fomento de los principios democráticos para la formación de ciudadanía, se convierte en el desafío de los profesores comprometidos pedagógicamente con el paradigma de la inclusión, la defensa de los derechos humanos y la paz.
El estudio de los territorios desde la mirada plural de los actores sociales que los integran —comunidades, Estados, empresas, organizaciones sociales, minorías étnicas y culturales— posibilita comprender cómo se organiza el espacio y cuáles son las consecuencias de dicha organización en la vida cotidiana de quienes lo habitan. Esta perspectiva geográfica revaloriza las distintas escalas de análisis —local, regional, nacional y global— y renueva conceptos fundamentales como actores sociales, intencionalidades, relaciones de poder, instituciones y Estado. Desde esta mirada compleja y multidimensional, se vuelve imprescindible analizar la organización territorial con una perspectiva geohistórica que permita reconocer continuidades, rupturas y procesos de larga duración que explican las configuraciones actuales.
En este marco, abordar el concepto de genocidio en el aula exige ir más allá de su definición jurídica. Supone reflexionar sobre el colapso de la alteridad, es decir, el momento en que el otro deja de ser reconocido como sujeto de derechos y se convierte en objeto de eliminación. Es el punto extremo en el que el Estado, concebido para garantizar la vida y la convivencia, se transforma en una maquinaria de persecución y exterminio. El análisis del Genocidio Armenio permite comprender cómo la invisibilización, el silencio internacional y el posterior negacionismo pueden consolidar la impunidad y prolongar el dolor de las víctimas más allá del tiempo de los hechos. Por su parte, el estudio del Genocidio en Ruanda evidencia la aterradora eficacia de la movilización civil masiva alentada por discursos de odio, así como la rapidez con la que se puede desestructurar el tejido social cuando se naturaliza la deshumanización.
Trabajar estos procesos desde la educación geográfica implica analizar sus dimensiones territoriales: la construcción de fronteras simbólicas y materiales, la distribución espacial de la violencia, los desplazamientos forzados, los campos de concentración, las zonas de exterminio, así como las diásporas y reconfiguraciones demográficas posteriores. También supone problematizar los discursos que legitiman la exclusión y reconocer las resistencias, las redes de solidaridad y las luchas por la memoria y la justicia.
Conmemorar, entonces, no es solo recordar lo ocurrido, sino habilitar preguntas incómodas sobre el presente: ¿qué formas contemporáneas de discriminación y exclusión persisten?, ¿qué discursos reproducen lógicas de odio?, ¿qué responsabilidades individuales y colectivas tenemos frente a ellas? Desde el aula, la construcción de una conciencia territorial crítica y comprometida se convierte en un acto profundamente político en el mejor sentido del término: formar sujetos capaces de reconocer la dignidad del otro, de intervenir en su realidad y de defender activamente la vida y los derechos humanos.
Así, la memoria histórica articulada con la educación geográfica no solo ilumina el pasado, sino que fortalece la ciudadanía democrática y sostiene la esperanza de que la comprensión, el compromiso y la acción colectiva pueden abrir caminos hacia sociedades más justas e inclusivas.
Testimonios y biografías como narrativas de la memoria.
Los testimonios de vivencias traumáticas escritos en primera persona, que Arfuch (2014) denomina espacio biográfico, ofrecen perspectivas comprometidas, reflexivas, heterogéneas que esperan en el lector la hospitalidad de la escucha y se convierten en hacedores de memoria. Las múltiples voces invitan a dialogar con los protagonistas de traumas sociales como los sobrevivientes de los genocidios. El discurso geográfico contribuye a la interpretación desde la perspectiva del lenguaje. Estas tendencias se corresponden con una Geografía que responda a las necesidades de los sujetos, como centro de reflexión geográfica. A través de los escritos autobiográficos se pueden comprender las relaciones de los sujetos con su contexto y de este modo, articular la trama de relaciones que construyen una territorialidad traumática como las abordadas en los diferentes capítulos. La escritura en formato literario de experiencias de vida de sujetos anónimos, nos acerca a la literatura realista y posibilita a los geógrafos la comprensión de realidades complejas. Abordar la investigación y también la enseñanza de estas problemáticas con los aportes de las biografías contribuye a dar voz a los sujetos invisibles que vivieron procesos traumáticos. La educación es la herramienta fundamental para formar ciudadanos libres, democráticos, respetuosos de las diferencias y que promuevan la paz. La pedagogía problematizadora pone en juego los diferentes intereses y poderes comprometidos en la conformación de los contextos políticos, sociales y culturales que conforman las herramientas analíticas de la comprensión del territorio. El diálogo de la Geografía con los testimonios contribuye a la reflexión para transitar nuevas estrategias de comprensión de los procesos genocidas. La memoria colectiva es reconstrucción del pasado gobernada por los imperativos del presente.
A través de los escritos autobiográficos se pueden comprender las relaciones de los sujetos con su contexto y de este modo, posibilitan articular la trama de relaciones que construyen una territorialidad traumática en diferentes contextos geohistóricos. Los textos literarios permiten articular lo material y simbólico, lo histórico y lo vivenciado.
El relato de Aurora Mardiganián es pionero en la literatura de testimonio. Subasta de almas o Armenia Arrasada. La historia de Aurora Mardiganián (2021) no es solo una crónica de supervivencia; es una denuncia de la mercantilización de la existencia. En el contexto armenio, la violencia no fue solo letal, sino simbólica. Mardiganián describe cómo las mujeres armenias fueron tratadas como botín de guerra. La “subasta” a la que refiere el título simboliza la desposesión total: el paso de ser ciudadana a ser esclava, y de esclava a ser un despojo en el desierto. La narrativa de Aurora expone la pedagogía de la crueldad empleada por el Imperio Otomano para quebrar la voluntad de un pueblo.
A los catorce años de edad, la niña –adolescente Aurora vivió en primera persona la persecución hacia su familia y comunidad. Fue obligada a marchar por el desierto, perdió a toda su familia, vio morir a miembros de su comunidad y fue testigo de torturas y vejaciones. Finalmente sobrevivió y encontró refugio en Estados Unidos. Relató su historia, en 1919 se realizó una película. El libro, Ravished Armenia (Armenia arrasada) fue publicado por primera vez en inglés, en 1918, en Nueva York. (https://subastadealmas.com/ ). La versión reeditada por EDIAR en 2021 presenta notas al pie con datos precisos y documentos históricos que complementan el relato de la joven. Este trabajo constituye un testimonio histórico que posibilita a sus lectores transportarse al contexto de principios de siglo XX del pueblo armenio.
Gaël Faye, la poética del trauma colectivo
Ochenta años después del horror en Anatolia, en Ruanda, país de las mil colinas, se vivió un proceso similar en su esencia deshumanizadora, pero radicalmente distinto en su ejecución. Gaël Faye aborda esta tragedia desde la focalización interna y el peso de la herencia. Gaël Faye, nacido en Burundi, de madre Ruandesa y padre Francés vivió el proceso de genocidio desde el país vecino a Ruanda, que también sufrió guerra civil y violencias extremas. Junto a su hermana más pequeña logran exiliarse en Francia en 1995, país desde donde emprende una carrera artística, primero fue la música, como compositor e intérprete y luego la literatura.
Escribe Pequeño País publicado en español en el año 2018. El relato de ficción que Gaël logra construir sumerge a los lectores en la vida cotidiana desde la perspectiva de niños que paralelamente a las vivencias de sus infancias en Buyumbura se ven involucrados en uno de los conflictos más traumáticos del siglo XX. La historia que escribe no es fiel a su propia vida, reconstruye la vida en un barrio de Buyumbura con sus recuerdos y sensaciones, pero a través de ella logra mostrar el genocidio ruandés y la situación en toda la región. El texto aporta historias humanas de víctimas anónimas que vivenciaron la complejidad de contextos violentos.
Gaël Faye expresa que escribe “para recuperar los paraísos perdidos para atrapar los momentos del pasado en los que ha sido feliz, porque los lugares se mantienen y a ellos se puede regresar, pero los momentos pasan” (2018). Las líneas de Pequeño País transmiten la mirada de un niño cuya identidad se construye entre dos mundos, el africano y el europeo, y permiten acercarse desde esta perspectiva a la compleja realidad de la región de Los Grandes Lagos en África.
A través de pasajes de la vida cotidiana de los niños se pueden apreciar las tensiones latentes y que despiertan en este período de crisis. La violencia verbal, luego física representa la realidad que permanece dormida durante algún tiempo y ve la luz nuevamente en 1993 en Burundi y 1994 en Ruanda. Las identidades marcaron el destino de muchos niños y familias enteras, a pesar que durante años la convivencia fue pacífica. Los bandos étnicos-políticos se imponen en la vida de los protagonistas.
En Pequeño país, el genocidio no es un evento estadístico, es el fin de un lenguaje. Gaby, el protagonista, vive la transición del paraíso cotidiano al infierno identitario. Faye analiza cómo el odio étnico es una construcción que requiere la destrucción previa de los vínculos afectivos. La rigurosidad del texto reside en mostrar que el genocidio es, ante todo, una ruptura del tejido social donde el vecino se convierte en verdugo.
El Jacarandá, arqueología del silencio
En su obra más reciente, Faye se adentra en la Ruanda contemporánea. Si Pequeño país trata sobre la huida, El Jacarandá (2025) aborda el retorno y la transmisión del trauma. La novela explora cómo los hijos de los sobrevivientes cargan con un “dolor fantasma”. El árbol de Jacarandá actúa como una metáfora de la resiliencia: la belleza que florece en un suelo saturado de restos humanos. En este texto, el autor reflexiona sobre el peso del secreto y la dificultad de perdonar en un entorno donde la justicia legal no siempre coincide con la paz emocional.
En esta obra, Faye se adentra en la Ruanda contemporánea desde una perspectiva introspectiva y generacional. En Pequeño país narraba la fractura de la infancia y la experiencia del exilio ante el estallido del genocidio, El Jacarandá desplaza el foco hacia el retorno físico y simbólico al lugar del trauma. Ya no se trata únicamente de huir para sobrevivir, sino de volver para comprender. La memoria deja de ser una herida abierta en el presente inmediato y se convierte en una herencia compleja que atraviesa generaciones.
En este sentido, la novela profundiza en la idea de la transmisión del trauma. Los hijos de los sobrevivientes no han vivido directamente la violencia, pero crecen rodeados de silencios, miradas interrumpidas y relatos fragmentarios. El dolor funciona como metáfora de una memoria que no desaparece con quienes la padecieron en carne propia. Gaël Faye sugiere que el trauma no solo se transmite a través de la palabra, sino también del silencio: lo no dicho se convierte en una presencia constante, modelando identidades, miedos y formas de amar.
El jacarandá, árbol de flores intensamente violetas, opera como una imagen central de esta poética de la resiliencia. Su belleza exuberante contrasta con el suelo que, en la novela, está saturado de restos humanos y recuerdos imborrables. La metáfora es poderosa: la vida insiste incluso en territorios devastados, pero esa floración no borra la historia que yace debajo. Más bien la cubre, la acompaña, la transforma en parte del paisaje. Así, la naturaleza no simboliza olvido, sino coexistencia entre memoria y porvenir.
Otro eje fundamental del texto es la tensión entre justicia y perdón. En la Ruanda posterior al genocidio, los procesos judiciales —tanto institucionales como comunitarios— buscan restablecer un orden social. Sin embargo, Faye plantea que la justicia legal no garantiza necesariamente la paz interior. El perdón aparece como un gesto íntimo, frágil y profundamente ambivalente. ¿Es posible perdonar sin traicionar la memoria de los muertos? ¿Puede haber reconciliación auténtica cuando el dolor persiste? La novela no ofrece respuestas cerradas, sino que expone la dificultad de habitar un espacio donde víctimas y victimarios comparten el mismo horizonte cotidiano.
Asimismo, Faye reflexiona sobre el peso del secreto como mecanismo de supervivencia. Callar puede haber sido necesario para seguir viviendo, pero el silencio prolongado termina por erosionar los vínculos familiares. El retorno, entonces, no es solo geográfico; es también un regreso a aquello que fue reprimido. La narración sugiere que enfrentar el pasado, aunque resulte doloroso, es una forma de restituir la continuidad entre generaciones.
Los dos textos literarios de Gaël Faye representan una voz clave en la exploración de la memoria postgenocidio. Si en su primera novela predominaba la mirada infantil ante el derrumbe del mundo, en esta nueva entrega emerge una reflexión más madura sobre la herencia del sufrimiento y la posibilidad, siempre incompleta, siempre en construcción, de florecer después de la devastación.
La Literatura como reparación
La comparación entre Subasta de almas La historia de Aurora Mardiganián y la narrativa de Gaël Faye permite reflexionar que la literatura cumple una función que los tribunales no pueden alcanzar, la restitución del nombre. Mientras que el genocida busca convertir a la víctima en un número o en un ser de descarte, Mardiganián y Faye, desde la realidad y la ficción, les devuelven su historia, sus deseos y sus miedos.
El rigor de estas obras no está solo en la descripción de la violencia, sino en la profundidad con que analizan las secuelas. El genocidio armenio advierte sobre el peligro del olvido y el negacionismo; el genocidio ruandés alerta sobre la complejidad de la convivencia post-traumática. Juntas, estas obras forman un canon de resistencia ética fundamental para el siglo XXI.
Geografía y literatura, articulaciones posibles en las aulas
La lectura es fundamental en la formación docente porque fortalece el pensamiento crítico, amplía el vocabulario y enriquece la sensibilidad pedagógica. Un docente que lee no solo domina contenidos, sino que desarrolla empatía, imaginación y capacidad de análisis, cualidades esenciales para guiar a sus estudiantes. Además, al conocer diversas obras y autores, puede recomendar textos adecuados y despertar el interés por la literatura. Cuando el docente demuestra entusiasmo por leer, se convierte en modelo e inspiración. Fomentar el hábito lector en la formación profesional permite crear estrategias innovadoras que motiven a los estudiantes a descubrir el placer de la lectura y construir aprendizajes significativos duraderos.
Gael con su relato apeló a recordar y reconstruir su infancia en una región convulsionada, quizás como medio para comprender él mismo lo que le había tocado vivir. Los lectores, destinatarios de sus escritos, se convierten en nuevos interlocutores de las barbaries descriptas, de este modo es posible reconstruir la memoria social. Realidad y representación se visualizan a partir de las autobiografías, verdaderas obras de denuncia de prácticas violentas que desestabilizaron un país con un proceso histórico que anticipó tales prácticas.
La educación es la herramienta fundamental para formar ciudadanos libres, democráticos, respetuosos de las diferencias y que promuevan la paz. La pedagogía problematizadora pone en juego los diferentes intereses y poderes comprometidos en la conformación de los contextos políticos, sociales y culturales que conforman las herramientas analíticas de la comprensión del territorio. El diálogo de la geografía con la literatura contribuye a la reflexión y a nuevos modos de abordar problemáticas territoriales. La memoria colectiva es reconstrucción del pasado gobernada por los imperativos del presente.
A través de la historia de Aurora Mardiganián y la obra literaria de Gaël Faye, asistimos a una cartografía del dolor que busca, ante todo, la restitución de la condición humana. El conocimiento geográfico se nutre múltiples voces que contribuyen a reconstruir tramas territoriales complejas. El lenguaje literario permite acercarse a problemáticas profundas, traumáticas, que expresan desigualdades, entre ellas, las que sufren las y los niños de territorios lejanos a nuestro contexto latinoamericano. La escritura literaria posibilita a los geógrafos comprender, de otro modo, realidades complejas y lejanas. Por ello, es relevante que en la enseñanza de las Ciencias Sociales y de la Geografía se propongan estrategias de integración con el trabajo lingüístico. La responsabilidad de leer e interpretar diferentes tipos de textos no es exclusiva del profesor de Lengua, esto requiere tareas de planificación previas y un potente trabajo en equipos interdisciplinarios.
Este diálogo contribuye a la deconstrucción de problemáticas territoriales plasmado en redes de relaciones de personajes creados en determinados contextos. El desafío es apropiarse de prácticas que articulen espacios curriculares en la formación docente y en los diferentes niveles educativos. La lectura de literatura en las clases de Geografía estimula la imaginación y permite recorrer espacios lejanos sin salir del aula, pero también invita a comprender realidades sociales, culturales y económicas desde una mirada sensible.
Al acercarse a historias personales, los y las estudiantes pueden entender cómo los contextos geohistóricos influyen en la vida cotidiana, en las migraciones, en los conflictos y en las formas de habitar el territorio. Así, la Geografía se convierte en una herramienta para interpretar experiencias humanas situadas en tiempo y espacio, articulando emoción, pensamiento crítico y conocimiento de los territorios.
Los pilares de la Justicia Transicional son; verdad; justicia; reparaciones, garantías de no repetición y memoria. Este último está vinculado con las garantías de no repetición y la característica principal es que para su cumplimiento se requiere del trabajo de todos los miembros de la sociedad en la construcción de sociedades democráticas. Desde el trabajo docente, es imperioso aportar a estos principios, la lectura de una historia de vida, de un libro que represente un determinado contexto y a partir de ello se pueda comprender la trama real y de este modo, profundizar los valores democráticos.
Referencias Bibliográficas
Arfuch, L. (2014). (Auto) biografía, memoria e historia. Clepsidra. Revista Interdisciplinaria de Estudios sobre Memoria, ISSN 2362-2075, Nº 1, marzo 2014, pp. 68-81.
Faye, G. (2018). Pequeño País. Barcelona: Salamandra.
Faye, G. (2025). El Jacarandá. Barcelona: Salamandra.
Gates, H. (2021). Armenia arrasada: Subasta de Almas. La historia de Aurora Mardiganián. 1º Edición. Buenos Aires: Ediar.
Ministerio de Educación de la Nación. (2006). Programa “Educación y Memoria”. http://www.me.gov.ar/educacionymemoria/
Subasta de almas. La historia de Aurora Mardiganián. (2026). https://subastadealmas.com/





